Escribe:
Carlos Eduardo Fáger

LA INSEGURIDAD
La mujer de Lot
De inseguridades e insolidaridades

"...Y cuando los ángeles los hubieron llevado fuera, dijeron:
Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura;
escapa al monte, no sea que perezcas...".
"Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él,
y se volvió estatua de sal." Génesis 19

La recuperación de la Escuela de Mecánica de la Armada como Museo de la Memoria despertó en la sociedad argentina sentimientos tan dispares como la misma historia dual de nuestro país. Historias oficiales y de las otras, construidas desde la vida misma; no contadas.
De un lado y de otro las voces se levantaron reivindicando o deplorando la decisión presidencial. Los que reivindicaban destacaban la necesidad de hacer justicia; recuperar para la memoria colectiva una etapa del terror organizado e institucionalizado en la Argentina. Que se sepa. Los que deploraban, argumentaban, en el mejor de los casos, la necesidad de dejar de mirar hacia atrás; de cerrar definitivamente esa etapa de la historia nacional y empezar a dar respuestas hacia delante "que mucho lo necesita este país sumido en el hambre, la desocupación, y sobre todo, la inseguridad". Desde otra visión menos "aséptica", otros reclamaban que se abriera otro museo de la memoria para las víctimas de los "malos" de la historia oficial.
El mirar atrás, entonces, adquiría una doble (cuándo no) valoración. Necesario para no olvidar y evitar repetir los errores del pasado, innecesario y hasta peligroso por la posibilidad de sufrir el síndrome de la mujer de Lot.
Y qué tiene que ver la ESMA y el pasado inmediato de nuestro país con este azote de la inseguridad?
Prácticamente, todo.
Pero la sociedad que no quiso mirar entonces, no quiere mirar ahora. Aquellos que por razones que sólo atañen a sus conciencias y están vedadas a nuestra interpretación y juicio, miraban para otro lado cuando jóvenes (hijos de otros) eran arrebatados a sus padres y sin intervención de justicia alguna por instituciones que habían construido su prestigio en los manuales y en los próceres de nuestra historia nacional; y sólo atinaban a decir: "algo habrán hecho". Aquellos que aturdidos por los gritos triunfales de logros deportivos dudosamente habidos (según dicen muchos) y eran fácilmente convencidos de que los argentinos éramos "derechos y humanos" no escuchaban que en otras canchas de fútbol los gritos no festejaban goles. Pues, por suerte para ellos también existía otra frase tranquilizadora: "por algo será". Aquellos que, cuando las madres (de los hijos de otros) con la infame carga de no saber ya nunca más del destino de sus hijos arrebatados, se manifestaban con obstinación y valentía en Plaza de Mayo, reclamando por la aparición con vida de cada uno de ellos, encontraron en el apelativo de "las locas de Plaza de mayo" el bálsamo que tranquilizó sus conciencias y adormiló su raciocinio hasta el punto de no ver, que en otro orden de cosas, el país se iba endeudando en obras y en sobras que hipotecaron el futuro que hoy todos se empeñan en rescatar sin mirar atrás.
Y qué tienen que ver los triunfos deportivos de aquella época, las Madres de la Plaza, y la deuda externa con la inseguridad?
Prácticamente todo.
Aquellos que, cuando las instituciones gloriosas de nuestra patria, defensoras del estandarte que "jamás fue atado al carro triunfal de ningún vencedor sobre la tierra" (porque Malvinas todavía no llegaba) y otras que, amparadas también en uniformes, más unos cuantos mercenarios avalados por las instituciones anteriores penetraban en las casas y disponían arbitrariamente de personas, vidas, bienes, e incluso de los hijos por nacer de las personas secuestradas, cerraron sus ventanas, cuando no sus ventanas y sus oídos, y no encontraron mejor argumento que el que les fue impuesto: "El mundo está embarcado en una campaña antiargentina".
Y, cuando al borde de todo descrédito, las instituciones que habiendo vaciado a la Argentina de bienes, valores solidarios, pero por sobre todo, de las vidas de la casi totalidad de una generación de jóvenes que debieron tener la posibilidad de exponer su causa en los estrados de la Justicia, nos embarcaron en una guerra irresponsable que se llevó la vida de otros jóvenes de la misma generación que temblaban ante la superioridad bélica de su enemigo, en este punto prácticamente todos adheríamos a esta cruzada infame que había usado nuestro fervor patriótico alimentado en años de reclamos anticolonialistas no escuchados.
Y qué tienen que ver los allanamientos, la sustracción de bienes, la privación de libertad y vida y la guerra de Malvinas con la inseguridad?
Prácticamente todo.
Cuando la Democracia fue recuperada, puso negro sobre blanco. Juzgó (como ellos no lo habían hecho) a los responsables del genocidio más aberrante vivido por nuestro país después de la Conquista del desierto. Y desde la segunda línea en la cadena de mandos su único e infame argumento de defensa fue "obediencia debida". Ya todos sabemos lo que vino después. Y también sabemos lo que produjo este "desbande" de organizaciones armadas entre paramilitares y parapoliciales, porque en los iniciales años de la democracia se empezaron a manifestar los primeros "trabajos" de esta "mano de obra desocupada" que con idénticos métodos, armas e impunidad para cometer sus delitos hicieron paisaje cotidiano el secuestro extorsivo (en este caso había que preservar la víctima) porque habían perdido el acceso al "salario".
Con todos estos antecedentes el valor "vida" pasó a ser un valor en desuso. La muerte se había enseñoreado en nuestro país. Ya nada podía sorprendernos. Otros pasaron a ser los bienes o "valores" tutelados e incluso valían más que la vida misma. Un pasacasete valía más que la vida de dos personas. El periodismo acuñó sendos eufemismos para referirse a los civiles que hacían justicia por mano propia cuando sorprendían a alguno sustrayéndoles algún bien material, los llamaron "vengadores"; y para los agentes policiales que decidían personalmente sobre la vida de los delincuentes o presuntos delincuentes: "gatillo fácil".

"Recuperar de nuevo el nombre de las cosas;
llamarle pan al pan y no llamarle al vino
al sobaco, sobaco, miserable al destino;
y al que mata, llamarlo de una vez asesino"
Joaquín Sabina
"Palabras como cuerpos"

Y a medida que fueron pasando los años, todo ha sido terriblemente normal bajo el amparo de las mismas instituciones policiales e incluso de la corrupción política institucionalizada. Aquellos asesinos de entonces y sus cómplices surgidos de la miseria de un país quebrado en casi todo, han seguido disponiendo de nuestras vidas mientras todos seguimos pensando en los "delincuentes" como una casta ajena a la historia nefasta de la Argentina de los años entre el 76 y el 83.
Pensemos en la organización de los grupos; pensemos en las armas que se necesitan para estos delitos; pensemos en la infraestructura, además de movilidades, que demandan ilícitos como estos; pensemos en la "cobertura" sospechosa que ha permitido la recurrencia de estos hechos; pensemos en cuántas veces hemos leído en la prensa la participación de agentes o ex-agentes de fuerzas de seguridad en quienes hemos depositado nuestra confianza para que protejan nuestra vida y nuestros bienes.
Quienes hoy critican la mirada hacia el pasado, seguramente son los mismos que hemos escuchado decir muchas veces, como Jorge Manrique, que "cualquiera tiempo pasado fue mejor", regodeándose en un pasado que les fue favorable.
Peor que mirar para atrás es no mirar. Y peor, aún, es no querer mirar.
Si nuestra conciencia nos impide mirar hacia atrás, no impidamos al menos que nuestros hijos revisen ese pasado que de cualquier forma (por acción u omisión) involucró a sus padres o abuelos y hoy revive con una virulencia tan terrible como la de entonces sin que "principios o valores" estén en juego.
Aún sin mirar hacia atrás, querer ignorar el origen de la inseguridad que hoy nos golpea, o querer ver en sus responsables a los viejos y nuevos excluidos de un sistema perverso e insolidario, implica correr el riesgo de convertirnos en estatuas de sal, porque con esto no hay futuro.
Ayer, vinieron por los hijos de otras que aún hoy, con pañuelos en sus cabezas, nos siguen interpelando a nosotros, la sociedad, por el destino de aquellos.
Hoy, vienen por los nuestros.
Según una nueva testigo en el caso Axel Blumberg, ella escuchó y vio al joven correr para ponerse a salvo de sus captores mientras gritaba pidiendo ayuda. Luego vio cómo lo alcanzaban, lo golpeaban y, finalmente cómo se lo llevaron.
Otros (aseguran que tres), llamaron por teléfono a la comisaría de la zona avisando sobre la situación sin más respuesta que "métase en su casa".
Considerando que todo esto sucedió en un barrio con muchísimas casas, muchísimas personas, muchísimos oídos y ojos, seguramente muchos deben haber escuchado e incluso visto lo mismo que esta mujer.
Me pregunto ¿qué habrán pensado en ese momento?
Habrán dicho: "No es mi hijo"
O habrán repetido una vez más, con voz muy queda, casi inaudible por la vergüenza: "algo habrá hecho"?

 

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