Escribe:
Carlos Eduardo Fáger
LA INSEGURIDAD
La mujer de
Lot
De inseguridades
e insolidaridades
"...Y cuando
los ángeles los hubieron llevado fuera, dijeron:
Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en
toda esta llanura;
escapa al monte, no sea que perezcas...".
"Entonces la mujer de Lot miró atrás,
a espaldas de él,
y se volvió estatua de sal." Génesis
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La recuperación
de la Escuela de Mecánica de la Armada como
Museo de la Memoria despertó en la sociedad
argentina sentimientos tan dispares como la misma
historia dual de nuestro país. Historias oficiales
y de las otras, construidas desde la vida misma; no
contadas.
De un lado y de otro las voces se levantaron reivindicando
o deplorando la decisión presidencial. Los
que reivindicaban destacaban la necesidad de hacer
justicia; recuperar para la memoria colectiva una
etapa del terror organizado e institucionalizado en
la Argentina. Que se sepa. Los que deploraban, argumentaban,
en el mejor de los casos, la necesidad de dejar de
mirar hacia atrás; de cerrar definitivamente
esa etapa de la historia nacional y empezar a dar
respuestas hacia delante "que mucho lo necesita
este país sumido en el hambre, la desocupación,
y sobre todo, la inseguridad". Desde otra visión
menos "aséptica", otros reclamaban
que se abriera otro museo de la memoria para las víctimas
de los "malos" de la historia oficial.
El mirar atrás, entonces, adquiría una
doble (cuándo no) valoración. Necesario
para no olvidar y evitar repetir los errores del pasado,
innecesario y hasta peligroso por la posibilidad de
sufrir el síndrome de la mujer de Lot.
Y qué tiene que ver la ESMA y el pasado inmediato
de nuestro país con este azote de la inseguridad?
Prácticamente, todo.
Pero la sociedad que no quiso mirar entonces, no quiere
mirar ahora. Aquellos que por razones que sólo
atañen a sus conciencias y están vedadas
a nuestra interpretación y juicio, miraban
para otro lado cuando jóvenes (hijos de otros)
eran arrebatados a sus padres y sin intervención
de justicia alguna por instituciones que habían
construido su prestigio en los manuales y en los próceres
de nuestra historia nacional; y sólo atinaban
a decir: "algo habrán hecho". Aquellos
que aturdidos por los gritos triunfales de logros
deportivos dudosamente habidos (según dicen
muchos) y eran fácilmente convencidos de que
los argentinos éramos "derechos y humanos"
no escuchaban que en otras canchas de fútbol
los gritos no festejaban goles. Pues, por suerte para
ellos también existía otra frase tranquilizadora:
"por algo será". Aquellos que, cuando
las madres (de los hijos de otros) con la infame carga
de no saber ya nunca más del destino de sus
hijos arrebatados, se manifestaban con obstinación
y valentía en Plaza de Mayo, reclamando por
la aparición con vida de cada uno de ellos,
encontraron en el apelativo de "las locas de
Plaza de mayo" el bálsamo que tranquilizó
sus conciencias y adormiló su raciocinio hasta
el punto de no ver, que en otro orden de cosas, el
país se iba endeudando en obras y en sobras
que hipotecaron el futuro que hoy todos se empeñan
en rescatar sin mirar atrás.
Y qué tienen que ver los triunfos deportivos
de aquella época, las Madres de la Plaza, y
la deuda externa con la inseguridad?
Prácticamente todo.
Aquellos que, cuando las instituciones gloriosas de
nuestra patria, defensoras del estandarte que "jamás
fue atado al carro triunfal de ningún vencedor
sobre la tierra" (porque Malvinas todavía
no llegaba) y otras que, amparadas también
en uniformes, más unos cuantos mercenarios
avalados por las instituciones anteriores penetraban
en las casas y disponían arbitrariamente de
personas, vidas, bienes, e incluso de los hijos por
nacer de las personas secuestradas, cerraron sus ventanas,
cuando no sus ventanas y sus oídos, y no encontraron
mejor argumento que el que les fue impuesto: "El
mundo está embarcado en una campaña
antiargentina".
Y, cuando al borde de todo descrédito, las
instituciones que habiendo vaciado a la Argentina
de bienes, valores solidarios, pero por sobre todo,
de las vidas de la casi totalidad de una generación
de jóvenes que debieron tener la posibilidad
de exponer su causa en los estrados de la Justicia,
nos embarcaron en una guerra irresponsable que se
llevó la vida de otros jóvenes de la
misma generación que temblaban ante la superioridad
bélica de su enemigo, en este punto prácticamente
todos adheríamos a esta cruzada infame que
había usado nuestro fervor patriótico
alimentado en años de reclamos anticolonialistas
no escuchados.
Y qué tienen que ver los allanamientos, la
sustracción de bienes, la privación
de libertad y vida y la guerra de Malvinas con la
inseguridad?
Prácticamente todo.
Cuando la Democracia fue recuperada, puso negro sobre
blanco. Juzgó (como ellos no lo habían
hecho) a los responsables del genocidio más
aberrante vivido por nuestro país después
de la Conquista del desierto. Y desde la segunda línea
en la cadena de mandos su único e infame argumento
de defensa fue "obediencia debida". Ya todos
sabemos lo que vino después. Y también
sabemos lo que produjo este "desbande" de
organizaciones armadas entre paramilitares y parapoliciales,
porque en los iniciales años de la democracia
se empezaron a manifestar los primeros "trabajos"
de esta "mano de obra desocupada" que con
idénticos métodos, armas e impunidad
para cometer sus delitos hicieron paisaje cotidiano
el secuestro extorsivo (en este caso había
que preservar la víctima) porque habían
perdido el acceso al "salario".
Con todos estos antecedentes el valor "vida"
pasó a ser un valor en desuso. La muerte se
había enseñoreado en nuestro país.
Ya nada podía sorprendernos. Otros pasaron
a ser los bienes o "valores" tutelados e
incluso valían más que la vida misma.
Un pasacasete valía más que la vida
de dos personas. El periodismo acuñó
sendos eufemismos para referirse a los civiles que
hacían justicia por mano propia cuando sorprendían
a alguno sustrayéndoles algún bien material,
los llamaron "vengadores"; y para los agentes
policiales que decidían personalmente sobre
la vida de los delincuentes o presuntos delincuentes:
"gatillo fácil".
"Recuperar
de nuevo el nombre de las cosas;
llamarle pan al pan y no llamarle al vino
al sobaco, sobaco, miserable al destino;
y al que mata, llamarlo de una vez asesino"
Joaquín Sabina
"Palabras como cuerpos"
Y a medida que
fueron pasando los años, todo ha sido terriblemente
normal bajo el amparo de las mismas instituciones
policiales e incluso de la corrupción política
institucionalizada. Aquellos asesinos de entonces
y sus cómplices surgidos de la miseria de un
país quebrado en casi todo, han seguido disponiendo
de nuestras vidas mientras todos seguimos pensando
en los "delincuentes" como una casta ajena
a la historia nefasta de la Argentina de los años
entre el 76 y el 83.
Pensemos en la organización de los grupos;
pensemos en las armas que se necesitan para estos
delitos; pensemos en la infraestructura, además
de movilidades, que demandan ilícitos como
estos; pensemos en la "cobertura" sospechosa
que ha permitido la recurrencia de estos hechos; pensemos
en cuántas veces hemos leído en la prensa
la participación de agentes o ex-agentes de
fuerzas de seguridad en quienes hemos depositado nuestra
confianza para que protejan nuestra vida y nuestros
bienes.
Quienes hoy critican la mirada hacia el pasado, seguramente
son los mismos que hemos escuchado decir muchas veces,
como Jorge Manrique, que "cualquiera tiempo pasado
fue mejor", regodeándose en un pasado
que les fue favorable.
Peor que mirar para atrás es no mirar. Y peor,
aún, es no querer mirar.
Si nuestra conciencia nos impide mirar hacia atrás,
no impidamos al menos que nuestros hijos revisen ese
pasado que de cualquier forma (por acción u
omisión) involucró a sus padres o abuelos
y hoy revive con una virulencia tan terrible como
la de entonces sin que "principios o valores"
estén en juego.
Aún sin mirar hacia atrás, querer ignorar
el origen de la inseguridad que hoy nos golpea, o
querer ver en sus responsables a los viejos y nuevos
excluidos de un sistema perverso e insolidario, implica
correr el riesgo de convertirnos en estatuas de sal,
porque con esto no hay futuro.
Ayer, vinieron por los hijos de otras que aún
hoy, con pañuelos en sus cabezas, nos siguen
interpelando a nosotros, la sociedad, por el destino
de aquellos.
Hoy, vienen por los nuestros.
Según una nueva testigo en el caso Axel Blumberg,
ella escuchó y vio al joven correr para ponerse
a salvo de sus captores mientras gritaba pidiendo
ayuda. Luego vio cómo lo alcanzaban, lo golpeaban
y, finalmente cómo se lo llevaron.
Otros (aseguran que tres), llamaron por teléfono
a la comisaría de la zona avisando sobre la
situación sin más respuesta que "métase
en su casa".
Considerando que todo esto sucedió en un barrio
con muchísimas casas, muchísimas personas,
muchísimos oídos y ojos, seguramente
muchos deben haber escuchado e incluso visto lo mismo
que esta mujer.
Me pregunto ¿qué habrán pensado
en ese momento?
Habrán dicho: "No es mi hijo"
O habrán repetido una vez más, con voz
muy queda, casi inaudible por la vergüenza: "algo
habrá hecho"?
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