
En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, investigadoras de la Universidad Nacional de San Juan comparten sus historias, desafíos y convicciones. Trayectorias diversas, atravesadas por la curiosidad, el compromiso social y la certeza de que la ciencia también se construye desde la sensibilidad.
Por Yanina Páez
La ciencia no siempre comienza en un laboratorio. A veces nace de una imagen, de una pregunta incómoda o de una experiencia vital que deja huella. En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, desde la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), tres investigadoras recorren caminos distintos pero convergentes, unidos por la curiosidad, el compromiso con la sociedad y la convicción de que producir conocimiento también es una forma de transformar la realidad.
Para Cintia Belén Flores, doctora en Ciencias Biológicas y licenciada en Biología egresada de la Facultad de Ciencia Exactas, Físicas y Naturales, la vocación científica estuvo ligada desde temprano a la necesidad de comprender el mundo. La biología apareció primero como fascinación: los programas sobre comportamiento animal, la biología marina, el asombro ante la vida en todas sus formas. Con el tiempo, esa curiosidad se convirtió en una herramienta poderosa. Durante su tesis doctoral, Belén descubrió que la ciencia no solo responde preguntas, sino que también puede ofrecer soluciones concretas a problemas reales. Su investigación surgió a partir de una demanda de un productor local y se transformó en un proceso emocionante, marcado por ensayos, errores, aprendizajes y resultados que aportaron respuestas a una problemática extendida en el sector productivo.

Recuerda con claridad sus primeros pasos en el laboratorio de la facultad: la emoción de leer papers, aprender metodologías, esperar semanas por un resultado y, también, la frustración cuando algo no funcionaba como se esperaba. Allí entendió que la ciencia no es una sucesión de éxitos, sino un camino de prueba, error y aprendizaje constante. Entre los desafíos más complejos señala el multitasking que exige la carrera científica: investigar, publicar, enseñar, gestionar proyectos, formarse continuamente. Un recorrido que no solo es académico, sino también profundamente emocional. Por eso, cuando piensa en las niñas y adolescentes que hoy sienten curiosidad por la ciencia, su mensaje es claro: confiar en la curiosidad, no temer al error y entender que la ciencia necesita diversidad de miradas para formular mejores preguntas y construir mejores respuestas.
Desde otro campo del conocimiento, pero con una sensibilidad similar, Tatiana Pizarro, doctora en Ciencias Sociales e investigadora asistente del CONICET en el Instituto de Investigaciones Socioeconómicas de San Juan, llegó a la ciencia casi por accidente. Su recorrido comenzó en el periodismo y los medios de comunicación, continuó en la docencia en zonas rurales y encontró un punto de inflexión en el contacto directo con las realidades sociales. Fue durante su maestría y la posterior postulación a una beca doctoral cuando la investigación se consolidó como una forma de compromiso con el mundo.
Tatiana siempre sintió incomodidad frente a las explicaciones simples. Desde joven le interesó entender quién toma las decisiones, a quién benefician las políticas públicas y quiénes quedan al margen. La investigación le permitió transformar esa inquietud en conocimiento riguroso y con impacto social. Un momento clave de su formación fue comprender que investigar no es solo estudiar, sino producir saber con sentido, anclado en territorios concretos y problemáticas reales, como las desigualdades de género y el funcionamiento del Estado.

Entre los desafíos que atravesó, destaca la necesidad de construir herramientas metodológicas casi desde cero y, sobre todo, aprender a confiar en su propia voz. En un sistema científico donde muchas veces las mujeres deben demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento, esa confianza se vuelve una fortaleza indispensable. Hoy, con una extensa trayectoria en investigación aplicada, evaluación de políticas públicas y enfoques de género y derechos humanos, Tatiana sostiene que, si bien existen más oportunidades y redes de apoyo, las brechas persisten. Por eso insiste en la urgencia de repensar los criterios de productividad, valorar los tiempos vitales y construir instituciones más humanas y equitativas.
Por otro lado, desde muy chica, Paula Pedrozo sintió fascinación por la naturaleza. Tenía apenas ocho años cuando una ilustración que comparaba el tamaño de una ballena azul con el de una persona despertó en ella una curiosidad profunda y duradera. Con el tiempo, esa emoción inicial se transformó en vocación: la capacidad de asombro, el deseo de comprender los sistemas biológicos y la adrenalina de descubrir algo nuevo fueron marcando su camino en la ciencia.
Técnica media en Salud y Ambiente, licenciada en Biología y doctora en Ciencias Biológicas, egresada de la UNSJ, Paula es actualmente becaria postdoctoral del CONICET. Integra el grupo de investigación en Control Biológico, donde trabaja en el manejo integrado de hongos que provocan la pudrición de la uva de mesa, mediante el uso de levaduras antifúngicas autóctonas que permiten reducir el uso de agroquímicos y prevenir pérdidas y desperdicios de alimentos.
Durante el secundario en la Escuela Industrial Domingo Faustino Sarmiento, al cursar Ecología, su mirada sobre la biología cambió: dejó de verla solo como un campo apasionante y comenzó a entenderla como una herramienta de responsabilidad social. Allí apareció con fuerza la idea de compromiso ambiental y la certeza de que el conocimiento científico tiene un impacto directo en la forma en que las personas se relacionan con el entorno y entre sí. Elegir un camino dentro de un campo tan amplio como la biología fue uno de sus mayores desafíos, y la llevó a aceptar que las trayectorias científicas no siempre son lineales.

Para Paula, la ciencia no debería separarse del juego ni de la creatividad, y la voz de las mujeres es indispensable para enriquecer la producción de conocimiento. Si bien reconoce que hoy existen más oportunidades que en el pasado, advierte que la brecha de género persiste y que la equidad real requiere políticas que acompañen trayectorias diversas. En esa línea, destaca la importancia de la divulgación científica para visibilizar el trabajo de las mujeres y construir referentes que permitan a niñas y jóvenes imaginarse, también ellas, como protagonistas de la ciencia.
En este 11 de febrero, las historias de Cintia Belén, Tatiana y Paula reflejan trayectorias distintas pero atravesadas por una certeza común: la ciencia se construye con preguntas, compromiso y sensibilidad. Visibilizar estas experiencias no solo repara silencios históricos, sino que también construye referentes reales para las nuevas generaciones.