Revista La U

Sobre árboles y bosques

Por Susana Roldán

Desde hace algunos años, en el ancho y variopinto universo de internet, circulan -con bastante éxito- diversos sitios que ofrecen herramientas para la construcción del árbol genealógico familiar. El trámite consiste en ir llenando, con los datos de que se dispone, los distintos casilleros: padres, hermanos, abuelos, bisabuelos y más, en caso de contar con la información. Y aunque al principio tenga pocas “ramas”, el árbol puede crecer…

Como esta construcción puede ser colectiva -distintos integrantes de una familia extendida pueden hacer sus aportes-, una puede llegar a obtener información muy valiosa acerca de sus ancestros remotos, haciendo crecer el árbol familiar y permitiendo hallazgos notables para quien hace el intento.

Uno de estos sitios es Family Search, administrado por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la que, por motivos religiosos, recolectó registros de archivos civiles, eclesiásticos y bibliotecas en todo el mundo, constituyendo una inmensa base de datos, disponible para quien quiera consultarla. ¿El resultado? Un increíble bosque de árboles impensados, que resuelve una de las preguntas que todo ser humano se ha hecho al menos una vez en la vida: quién soy y de dónde vengo.

A veces, el árbol guarda sorpresas. En el caso de quien escribe, el árbol construido en Family Search, trajo dos regalos de valor incalculable: conocer el parentesco, lejano pero parentesco al fin, con una poetisa y un poeta chilenos: Gabriela Mistral y Pablo Neruda.

Para cualquier cosa que una se proponga en la vida, dos cosas son imprescindibles: conocer el punto de partida y la meta a la que se quiere llegar. Ese saber de dónde vengo se convierte en fundamental, porque ahí radica no sólo el origen propio, sino la historia de quienes vinieron antes, sus legados, sus tragedias y sus caminos de vida. No se trata sólo de la biología: como en el caso de los bosques, las raíces son la parte por la que el árbol se alimenta, pero también la red que entrelaza con otros componentes del mismo sistema y que juega un papel importante en la supervivencia colectiva: se llama micelio. Lo llamativo es que -la ciencia ya lo ha estudiado- entre las personas existe también un micelio humano, la representación de la inteligencia colectiva que habita tanto en los seres humanos como en la naturaleza, una red invisible que entrelaza conocimiento e información. Un gran bosque humano donde todas las partes son importantes y, si falta una, el bosque no estaría completo.

En el año 1995, por iniciativa del personal nodocente de la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO) de la Universidad Nacional de San Juan, se diseñó un modo distinto de homenaje y recordación para las y los desaparecidos en la dictadura cívico militar más sangrienta que tuvo la Argentina. Esa iniciativa recibió el nombre de Bosque de la Memoria y según la resolución del Consejo Directivo de la FACSO, es un  “homenaje permanente a los desaparecidos de la provincia de San Juan durante la nefasta época de la última dictadura militar”. “Se propuso contar con un espacio físico ya que las familias y amistades de las personas desaparecidas/asesinadas no tenían dónde recordar a sus seres queridos. En un principio se buscó memoriar a los/as estudiantes y trabajadores/as desaparecidos/as de Sociales, haciéndolo luego extensivo al resto de miembros de la Universidad Nacional de San Juan y de toda la provincia. El proyecto contemplaba plantar un árbol por cada uno/a de los/as detenidos/as desaparecidos/as”, según informa la web institucional de la Facultad. Árboles, bosque y memoria, se entrelazan así en una representación perfecta no solo para las víctimas y sus familias: son un recordatorio permanente de quienes somos, de dónde venimos y de que estamos todos conectados.

Marcelo Lucero, docente, investigador y actual decano de la FACSO, recibió y compartió un recuerdo de personas que participaron en la construcción original del Bosque de la Memoria, en 1995. Lo compartió durante la entrega del Doctorado Honoris Causa a Estela de Carlotto y hoy lo replica a pedido de Revista La U: “Margarita Camus solía contar una historia particular del Bosque. Cuando lo armaron en el año 1995, tuvieron algunos criterios en el agrupamiento de los árboles. Uno de ellos fue hacer grupitos de árboles que representasen familias. En sus inicios, se encontraron con una situación que los angustiaba mucho: uno de los árboles se secaba. De los tres árboles que conmemoraban a la pareja de Laura Noemí Terrera y Alfredo Mario Manrique Gil y su hija de 8 meses, Rebeca Celina, el que encarnaba a la bebé se secó. Lo replantaron en varias oportunidades y todas las veces ese árbol, que rememoraba a la niña, se secaba. Celina fue la nieta recuperada número 87. En 2007 los resultados de ADN confirmaron que se trataba de la hija de Laura y Alfredo”. El árbol que faltaba, al fin, se arraigó a la tierra y empezó a crecer…

Caminar por el Bosque de la Memoria, detenerse entre sus árboles, respirar: un ejercicio vivificante, una práctica imprescindible, cuando se ha perdido el rumbo, cuando se ha olvidado el origen. Hay que hacerlo.

Somos árboles, partes del bosque inmenso. Y nuestras raíces se entrelazan sin que podamos verlas. Pero hay algo en nosotros que nos proporciona la certeza de que somos parte de algo más grande. Y cada árbol, esté o no esté, tiene su lugar, único e irremplazable.

La única forma de honrar ese privilegio, es vivir…

 

Imágenes: Paula Farias 

 

 

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