Escribe: Fernando Baggio
Es indudable el enorme poder que tienen los medios de comunicación, el enorme potencial que poseen. En la Alemania nazi tuvieron un papel preponderante en influenciar a la ciudadanía sobre la conveniencia de las más atroces decisiones del régimen genocida. En la Argentina de décadas pasadas, invisibilizaron los secuestros, torturas, desapariciones y múltiples violaciones de los Derechos Humanos sufridos durante los años más oscuros de nuestra historia y se aplaudía a la dictadura del golpe cívico, eclesiástico, militar.
Pero el poder que ostentan y usan puede también ser muy positivo. Puede tener enormes beneficios para la sociedad si está orientado, por ejemplo, a potenciar el respeto y la aceptación del Otro. De ese Otro que no piensa como yo pienso, que no se viste como yo me visto, que no pertenece a la misma clase social en la que estoy, que no vive en mi barrio, que no simpatiza con mi club de fútbol, que no tiene las mismas ideas sobre cómo formar una familia, que no escucha la música que a mí me gusta, que no profesa ninguna religión o la religión que yo tengo, que no estudia la misma carrera que estudio yo. Ese Otro, es cada hombre o mujer, cada persona, porque cada uno de nosotros somos distintos en algún aspecto. Ninguna persona es igual a otra. Todos y todas somos diferentes. Por eso es importante comprender que la otredad también soy yo, porque yo soy un Otro para cualquier persona que no sea yo, que son más de siete mil millones. Para más de siete mil millones de personas, Yo soy diferente a ellos.
Potenciar el respeto y la aceptación del Otro es reivindicar también mi derecho a ser respetado y aceptado y construir una sociedad inclusiva. Y en eso los medios de comunicación tienen un rol central en cuanto a qué y de qué forma comunican. Para evitar asociar a determinados colectivos históricamente vulnerados con lo no deseado, con lo peligroso, con aquello que desconocemos, que nos da miedo, rechazamos o condenamos; reforzando de esa manera la vulneración existente, revictimizando a quienes ya hemos hecho sufrir demasiado. Por ejemplo, cada tanto nos encontramos con un titular como: “Detienen a travesti tras robar… ”. Cuando el robo es producido por una persona no trans… ¿es destacado en el título? Ese morbo, amarillismo, prejuicio o simple estrategia comercial de realizar alguna asociación a la genitalidad, género o expresión de género de la persona que delinque, incrementa los prejuicios existentes para con las personas trans, potencia los estereotipos que algunos sectores tienen de estos colectivos. Cualquier tipo y ámbito en el que se produzca la discriminación produce efectos muchas veces insospechados por quienes, conscientes o inconscientemente, la llevan a cabo. Propicia la segregación, difunde el odio, incentiva múltiples formas de violencia verbal, simbólica, económica, física, sistemática; genera dificultades para socializar, bajas en el rendimiento académico y laboral, depresiones y hasta suicidios en quienes son víctimas de ella. La discriminación produce mucho dolor.
Cuando la discriminación se realiza desde los medios de comunicación tiene un efecto aún mucho más peligroso, porque el destinatario del mensaje ya no se trata de un individuo sino de cientos, miles o incluso millones de personas. Un micrófono, un teclado, una cámara o cualquier otro medio usado para comunicar otorgan un enorme poder a quienes hacen uso de ellos. Ese uso debe ser responsable, ético y regulado por el Estado, no debiendo confundirse el derecho a la libertad de expresión o de prensa con el deber de cumplir las normas que rigen en cualquier país y a cualquier profesión. Un micrófono en mano no otorga derechos a producir dolor.
Quienes pertenecemos a grupos vulnerados queremos el respeto que nos corresponde y lo exigimos. Porque si usamos un micrófono para traslucir que deberían crearse escuelas para los pibes “amanerados”, para los “mariconcitos”, no es otra cosa que propiciar la segregación y la exclusión en vez del respeto, la aceptación y la inclusión. Sin dudas es un uso peligroso del micrófono que no solo las organizaciones de la sociedad civil que militan por los derechos de lesbianas, gay, bisexuales o trans no están dispuestas a dejar pasar; sino que el propio Estado tiene la responsabilidad de prevenir, erradicar y sancionar cualquier forma de vulneración de derechos o su propiciación y tiene que intervenir, como lo ha hecho recientemente el Gobierno Nacional en nuestra provincia por intermedio de INADI, la AFSCA y la Defensoría del Público ante los aberrantes dichos del propietario de una radio local.
La libertad de prensa tiene un límite: la ley. Y la ley no permite que potenciemos el odio, que discriminemos irresponsablemente, sino que condena estos actos.
Hace unos días me preguntaron-increparon: “¿Quieren obligarnos a pensar de determinada manera? ¿Querés que piense que tienen los mismos derechos?”. La respuesta es no. No podemos, ni mucho menos queremos obligar a nadie a pensar nada, en todo caso quiero persuadirte a que comprendas, a que construyamos acuerdos desde una perspectiva de respeto a los Derechos Humanos. Nuestro activismo no se erige como policía del pensamiento, pero tampoco queremos que el Estado, los medios de comunicación ni locutor alguno se autodesigne policía del amor, policía de la hombría, de la masculinidad ni de ningún deber ser. ///
Fernando Baggio | Activista de Derechos Humanos. Referente LGBT. Integrante de la Federación Argentina LGBT
La imagen que ilustra esta nota pertenece a la serie “¿Qué somos bajo la máscara?” de la artista plática Inés Lalanne. Ver sobre esta muestra en Revista La Universidad