Graciela Ochoa pone de manifiesto las inquietudes de los trabajadores del Departamento de Artes Visuales, un lugar que, según dice, se ha convertido en "no lugar".
Muchas son las preguntas que nos hacemos quienes hemos egresado de la carrera de Artes Visuales en la Universidad Nacional de San Juan, pero las que más nos inquietan son aquellas que se refieren al lugar que la institución misma concede a nuestra disciplina, a nuestros docentes y a nuestros estudiantes. Responder a esta cuestión implica un diálogo con la comunidad de pertenencia, diálogo del que hasta hoy nos encontramos excluidos. Voy a tomar y a parafrasear el concepto de "no lugar" elaborado por Marc Augé, para reflexionar y abordar el tema relacionado con el estado de extrañamiento y confinamiento en que se ha visto sumergido el Departamento de Artes Visuales, en el curso de estos últimos diez años.
Según Augé los "no lugares" son aquellos lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados "lugares", no son lugares de pertenencia, sino de tránsito, inocuos, neutros e impersonales. He encontrado en este concepto una correspondencia con una aflicción que se ha instalado entre nosotros, al menos, en un grupo representativo de docentes y alumnos del Departamento de Artes Visuales. Esta aflicción se traduce en un sentimiento abrumador y agobiante, sentimos que habitamos un territorio ausente y que hemos quedado fuera del juego de las fuerzas institucionales para sostener nuestra participación igualitaria en la organización académica de la universidad. Este sentimiento se agudiza aún más si pensamos que esa falta se advierte en nuestro Departamento, desde su inserción en la unidad de origen, hasta su relegamiento para acceder a procesos de gestión referidos a su propio campo. Piense el lector que aunque el Departamento pertenece a la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, ni siquiera despliega sus actividades en el mismo ámbito de las disciplinas que allí se dictan y que en apariencia le confieren su pertenencia. Alejado del edificio central funciona en el Complejo Universitario "Islas Malvinas". Asimismo, aunque nuestras actividades docentes e investigativas se inscriben en los contextos de evaluación instituidos, los marcos y formulaciones de los estándares requeridos, nos llevan hasta traicionar el espíritu vital de nuestras prácticas, con el fin de sostener y de reclamar el respeto por nuestro trabajo intelectual.
Esta auto-percepción del "no lugar" de nuestra disciplina en relación con el resto de los campos que conforman la vida académica universitaria, se pone aún más en evidencia a la hora de la distribución presupuestaria, en la relación asimétrica de recursos que se le asignan a esta Unidad para su funcionamiento. Este trato desigual, ¿podría tener su razón de ser en la vigencia de un pensamiento predominantemente economicista, cientificista y técnicista del conocimiento? Si así fuera, ¿iría ese paradigma en detrimento de un pensamiento humanista a favor de la creatividad y la reflexión?, ¿estaría atentando contra el arte mismo y sus prácticas, haciendo peligrar el lugar de autonomía que estos le conceden a la cultura?, ¿estaría atentando contra la educación artística como estrategia para una educación inclusiva e intercultural?
Por otra parte, con este trato desigual, no hay duda, se está sometiendo a las personas que sostenemos y aseguramos día por día el funcionamiento de este Departamento, a un sufrimiento y a un malestar. Sufrimos porque hay una ausencia de la institución universitaria para garantizar la tarea primaria y necesaria, que haga posible motivar el lugar y la permanencia de los sujetos en él. Esta ausencia es a la vez una falla porque no puede asegurar nuestra estadía organizada y nos abandona a una existencia insegura en ese "no lugar".
Concientes de que no queremos llegar a un callejón sin salida, redirigimos el problema hacia la comunidad universitaria para preguntar ¿es tan desatinado pedir por un lugar que simplemente nos permita trabajar?, ¿por qué no podemos disponer de un lugar que funcione como lugar? Ni siquiera pensamos en la construcción de un "no lugar" como sería el de la utopía, un "lugar que no existe", ideal, en el sentido que le diera a esa palabra su inventor Tomás Moro. Lejos de querer anteponer una realidad imaginada a una realidad no aceptada, necesitamos para las Artes Visuales un lugar real.

Un lugar para cumplir con nuestras ocupaciones, las mismas que tienen todos los demás docentes universitarios. Como ellos, nosotros estamos ocupados sosteniendo y asegurando la educación de nuestros estudiantes. Nos estamos ocupando de los que están desarrollando su carrera, para evitar su deserción, estamos acompañando a aquellos que han egresado, en sus justos reclamos para conservar su espacio en el sistema educativo provincial y además estamos muy ocupados en atender la llegada de más de cien ingresantes. Esta situación ha superado ampliamente nuestras expectativas, así como ha excedido la infraestructura edilicia en su capacidad de contención. Además, como consecuencia de la implementación del Programa Conectar igualdad impulsado por el gobierno nacional, se han incorporado a las aulas nuevos recursos pedagógicos y dispositivos tecnológicos, para los que infortunadamente nuestro establecimiento está muy lejos de ofrecer las estructuras necesarias. Por esta razón, nos preguntamos también, ¿cómo podemos responder a todas estas necesidades?. Resulta difícil hacerlo desde el "no lugar" ya que un "no-lugar" es absolutamente lo contrario a una institución educativa.
Para finalizar y asumiendo que es parte de nuestra misión prestar particular atención al problema de la inserción del estudiante en la Universidad, pienso que esta institución tiene un deber ineludible y es que deberá asegurar un espacio para las personas, en el que pueda darse curso a su pasaje y a su permanencia.