
El relato de un día en la comparsa “Costa Norte” de Chimbas. Testimonios de identificación y pertenencia a un grupo. La lucha contra los estigmas y un refugio lejos de las adicciones. El recorrido por tres talleres de una línea de producción que tiene su clímax en los corsódromos.
Texto: Pablo «Zama» Bustamante
Fotos: Paula Farías
En Manuel Belgrano al 364 Norte, en el barrio Los Pinos de Chimbas, suena “Tu peor error”, del puertorriqueño Darell (Osvaldo Castro Hernández). Tras las rejas negras -que separan la cochera de la vereda en una casa construida a principios de los ’80 por el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV)- hay una reunión que sucede cada verano, pero que nunca es igual.
La canción sale desde un ampuloso bafle negro que con cada “latido” vuelve multicolor sus parlantes al ritmo del trap urbano. La música ambienta el trabajo de seis jóvenes que son primer y último eslabón del cruce de expresiones culturales, políticas y sociales que significan los corsos de carnaval.
Su sentido de pertenencia está en esa otra familia que tienen en la batería “Ritmo Total”, de la comparsa “Costa Norte”, una de las cinco que salieron al corsódromo chimbero este año, junto a las de la Asociación Civil y Deportiva Imperio, Unidos de Villa Paula, Juventud y Amistad, Samba de Raíz.

Taller 1
En aquel grupo más chico de la calle Belgrano, que integra una comunidad ampliada de 180 personas (60 más que el año pasado), los jóvenes no se sienten un número. Ellos son dueños de historias de vida que confluyen en un espacio en donde “los problemas quedan afuera”.
La que abre el fuego con Revista La U es la bailarina Yamila Carbajal (20), que casi no levanta la mirada de las mangas violetas que arma con el pegamento diluido en botellas de Coca Cola o agua saborizada chica. La rawsina dice que el objetivo del caluroso viernes de febrero es terminar más de 50 mangas para los trajes y cuenta que trabajarán, como en cada jornada, hasta por lo menos las tres de la mañana. También hacen botas con tela para cubrir el calzado de los danzantes.
Ella llega a Chimbas por la tarde, después de recorrer el departamento sureño en la camioneta de su padre vendiendo verduras. Tímida, confiesa que lleva casi en silencio dos sueños: estudiar para policía, para darle un mejor futuro a su hija, y que el carnaval esté siempre presente en su vida, mientras la edad la acompañe.
Kevin Báez se atribuye las cerca de 100 mangas que hicieron durante los últimos días y sus compañeros lo desmienten mientras explotan de risa. Inmediatamente, el tatuador de 17 años que viste un short de Boca pide el apoyo de sus pares para que le crean que se hizo él solo un tatuaje en todo el antebrazo izquierdo. Vive en calle 25 de Mayo y Cipolletti y llega a esa sede de producción (de las tres que tiene la comparsa) después de trabajar en un local que comparte con un amigo peluquero.

Habitualmente, el dueño de casa y director de la batería, Daniel Barrera (tiene 42 años y tomó el proyecto en 2017), les compra fiambre para que puedan cenar sánguches. Pero, por ser viernes, tanto Yamila como los chicos se ilusionan con un mimo: “Ahora tiene que hacer asado”. El conductor accede y, entre risas, reprocha que sus colaboradores “toman mucha Coca Cola”.
Los jóvenes luchan diariamente, ya casi en forma inconsciente, contra los rótulos y estigmas que les confiere cierto sector de la sociedad solo por haber crecido, en su mayoría, en Chimbas.
Barrera habla de “contención” y de que, además de su sentido lúdico, la comparsa también sirve para que “en vez de estar en la calle, no necesariamente haciendo cosas malas pero tomando en la esquina”, los adolescentes se incorporen al grupo “a tocar algún instrumento –como la caseta, la caixa y el tamborín- y ayudar con los trajes”.
En “Costa Norte” tienen niños y niñas desde los 5 años hasta adultos de 50 y sus líderes procuran que todos cumplan “el mismo rol”, porque “son todos iguales”.

La pasista Belén Casíbar (37), esposa de Daniel, con quien comparte la conducción de la batería, advierte que “hoy en día hay muchos problemas en la calle”. Entonces señala que estas actividades “sacan a varios niños de las adicciones”. Ella reconoce, además, que “hay varios temas muy privados dentro de cada familia” y que “al chico o la chica el taller lo saca de su zona personal y le genera una zona de confort”.
En el grupo hay un código fundamental: las situaciones personales que comparten entre ellos quedan ahí. “Me hace sentir muy bien escucharlos, estar con cada uno de ellos y que sean muy compañeros, porque eso les enseña a ser mejores personas”, reflexiona Belén.
Espacio para compartir
Uriel Escalante (17) luce el pelo teñido del mismo color que las mangas que construye. Además de la bermuda de jean tiene una remera de la Selección Argentina con las tres estrellas mundialistas arriba del escudo. En su cabeza quizás circule, justamente, el anhelo de representar al país como boxeador. Es sobrino del conocido pugilista Bernardo “Fito” Fernández y su sueño es llegar al Luna Park, el gran escenario del boxeo argentino.
El deportista amateur, que vive en el barrio Parque Industrial y entrena en el Club Julio Mocoroa, cumple 18 años en abril y ya habla de “meter 8 o 9 peleas” para convertirse en profesional el año que viene.

Ezequiel Cepeda ya tiene los 18, también vive en el Parque Industrial y termina la secundaria en la escuela Isabel Gironés. Otro que se suma un poco más tarde al grupo es Tomás Guzmán (14), cuyo interés está puesto en la escuela y en el fútbol. Él se jacta de ser primo del integrante más chico de la batería: Simón, quien tiene 6 años y toca la caixa. Entonces saca su celular y muestra un video para certificar, orgulloso, el tempranero talento del niño.
La comparsa Costa Norte participó, como en cada febrero, del Carnaval de Chimbas, eligiendo como temática en esta edición “El despertar del universo”. También tienen previsto ir a Gualeguaychú el viernes 1 y sábado 2 de mayo, adonde viajan y acampan gracias a varias rifas. Calculan que este año llevar la comparsa a Entre Ríos costará entre 8 y 14 millones de pesos.
Mientras Tomás y Ezequiel se lucen tocando cada uno un tamborín, Daniel marca la diferencia entre batucada y batería. Entonces aclara que “la batería es musicalmente más técnica” y requiere “más afinación” porque “hay instrumentos como la caixa que se tocan en partido alto” (como en la samba brasileña). La batucada, en cambio, “es más movida”. A diferencia de su presentación en Chimbas, cuando van a Entre Ríos no tienen que presentar coreografía y eso hace que resalte el fino trabajo musical de la batería.

“Cuando llegamos acá es como una familia aparte, siempre nos preguntamos qué almorzó cada uno y tenemos una charla linda, pero los problemas quedan en casa”, cuenta Yamila, que baila desde los 4 años, cuando el primo de su papá formó una comparsa en Rawson. Ahora encontró un fuerte sentido de pertenencia en Chimbas: “La comparsa es otra vida. Yo vengo y me olvido de todo, es como otro planeta. Me encanta estar y permanecer acá. Todo el año espero esto”.
“Me gusta verlos disfrutar”, dice Belén y se le ilumina la mirada. Inmediatamente ilustra esa sana relación que comparten en el grupo: “Es satisfactorio que los niños lleguen y te abracen, te mimen con su sonrisa. Que te digan: ‘Por favor, ¿me enseñás?’ o ‘por favor, necesito esto’. O que vengan con planteos personales, porque es muy lindo escucharlos. Como encargada de las bailarinas (hay 55 este año, entre el grupo 1 de las más grandes y el grupo 2 de las niñas), puedo asegurar que son muchos los temas que se tratan y no solamente sobre el baile, sino sobre cómo se vive el día a día afuera de la comparsa, que es bastante duro”.
Un día de escucha, una jornada compartida, en tiempos en donde el individualismo asoma dejando serios daños al tejido social, es un día ganado.
El carnaval entonces es más que una expresión tradicional surgida en las fiestas paganas de la Antigüedad. La impostura y la asunción de roles, entre máscaras sueltas, trajes, bailes y representaciones temáticas, configuran escenarios en donde los y las integrantes de cada comparsa se sienten importantes. Ellos se constituyen en piezas fundamentales de un engranaje que funciona solamente en comunidad.

Es un trabajo en equipo que les permite a sus miembros ser parte del esfuerzo del detrás de bambalinas, pero también se convierten en protagonistas de la puesta artística en el gran escenario callejero.
En Costa Norte, desde el proceso creativo hasta la muestra final, como apuntan sus líderes, “son todos iguales”. Y nadie sobra.
Taller 2
En la casa 13 de la manzana K de calle El Cosechero, en el barrio Costanera V, la mandamás es Laura Maldonado (65). La modista es madre de Daniel. Trabaja, solitaria sobre un mesón, en trajes para malandros (elegantes bailarines de los corsos) y en trajes para las bahianas (homenajean la lucha de las hijas de africanas esclavizadas en Brasil en el siglo XIX).
La jornada de Laura empieza a las siete de la mañana, solo hace una pausa para dormir la siesta y termina su trabajo en la noche. Gran parte de su vida estuvo atravesada por el carnaval y sus rituales. En el living de la casa acomoda cuidadosamente la indumentaria y recuerda que en la festividad chimbera ya no hay reina, sino que eligen a la musa y a la mejor pasista, que es como una reina de la batería.

Ella acompaña a su hijo desde que empezó a bailar en los corsos a los 17 años y todavía destina una habitación entera de la vivienda para que guarde todos los instrumentos que adquirió en Argentina y Brasil.
En ese espacio hay desde agogós (para los niños de 10 años), caixas (parecidas a los redoblantes, pero con dos cuerdas arriba) y frigideiras, hasta cuicas y chocalhos (lo tocan las mujeres que van adelante en la batería).
El año pasado, Daniel y algunos integrantes de la comparsa viajaron al carnaval de Uruguayana, en Brasil, y pudieron traer varios instrumentos que, por el elevado costo de vida que tiene hoy Argentina, allá los encuentran más económicos: a razón de 30 mil o 40 mil pesos más baratos.
Además de su madre y su esposa, el hijo de Barrera también participa en la comparsa. Aunque él reconoce: “En realidad me acompañan a mí, porque el loco y apasionado por esto soy yo”. Y un tatuaje que le recorre todo el antebrazo derecho delata su amor por la música.

Daniel aprendió a tocar el piano cuando vivía en Córdoba y desde muy joven también toca el bajo. Inclusive llegó a acompañar como músico en una edición de la Fiesta Nacional del Sol a la cantante de pop melódico conocida como Mely Desgens, que vive en 9 de Julio.
Taller 3
“Acá se terminan los trajes”, dice uno de los hombres que trabaja sobre una de las tres mesas que están a un costado de una casa esquina del barrio La Estancia, un núcleo habitacional construido hace poco más de una década. Allí funciona el tercer taller de la comparsa, en donde al material que envía Laura le colocan las capuchas, las hombreras y hasta las plumas. Un grupo silencioso que se desempeña entre mates, termos, semitas y telas lilas y azules para “representar la galaxia” durante los corsos.
En La Estancia se mezcla la calma que precede a la tarde-noche con un no tan lejano bullicio de normalidad de los barrios sanjuaninos: una pelota de cuero rueda a 30 metros, pateada por chicos que sueñan con otra estrella argentina en un año mundialista, sobre el playón de una plaza que además tiene aros de básquet y en donde también hay niños y niñas paseando en bicicleta.
Esos sonidos, que llegan de las ingenuas gestas diarias de quienes sueñan con ser mayores, son tapados por el breve e improvisado ensayo de un hombre y dos mujeres que hacen arte callejero con una cuica y dos chocalhos. El resto de los colaboradores siguen, inmutables, colocando cemento de contacto (parecido al poxiran) en los trajes para adherir accesorios en el proceso final de producción.

“Somos como 20 acá”, dice Erick Andrades (23). El joven de la villa Obrera, que viste una remera roja con la inscripción “California” y una gorra gris, cuenta que la labor fuerte del equipo empezó en diciembre.
Erick es “durlero” (tiene oficio en la construcción en seco), va al gimnasio y hasta hace cinco meses practicaba muay thai, que es un arte marcial que incluye boxeo. Pero él en realidad sueña con tener mayor impacto y conseguir miles de seguidores en TikTok, en donde subió un video de la comparsa y se viralizó.
Esta tercera sede es liderada por Cristina Guerra (44), presidenta de la Asociación Civil Oeste Unidos, quien asegura que el staff de la comparsa Costa Norte está compuesto por 25 ayudantes, generalmente familiares de las personas que actúan en los corsódromos. Son quienes asisten con agua o arreglando de urgencia los trajes o los instrumentos en algún imprevisto.
La exestudiante de Trabajo Social de la Universidad Nacional de San Juan lleva una remera negra en donde sobresale Frida Kahlo. Desde hace algunos años su militancia social se centra en colaborar con los que no tendrían rostro si no fuera por los días de notoriedad que consiguen bailando en las calles. Un alimento para esas almas a través del arte subterráneo que aflora en la superficie de los febreros.

Sentido de pertenencia
Cristina y Daniel aclaran que para esos pocos días de satisfacción trabajan todo el año y que la actividad se intensifica en verano. Los ensayos anuales se mantienen con cerca de 15 integrantes de la batería, hasta que en diciembre se activa el resto.
La comparsa tiene la lógica de cualquier club social de barrio, en donde los jóvenes comparten también algún momento de pileta, asados, festejan sus cumpleaños o ayudan a alguien que lo necesite, como a Cristian, un joven de 34 años que sufrió un ACV (accidente cerebrovascular) y trata de volver a la batería.
En esa gratitud por pertenecer además eligen dar: a veces juntan donaciones de mercadería y las llevan, por ejemplo, a Cochagual (Sarmiento). Allí también sacan los instrumentos y entregan su arte sin pedir nada a cambio.
En el grupo sacan pecho y dicen que la batería Ritmo Total lleva por lo menos tres años saliendo campeona en Chimbas. Mientras que en el carnaval de Gualeguaychú, en donde compiten unas 40 baterías de todo el país, Uruguay y Brasil, son los mejores de Cuyo y están en el puesto 20 de la general.

Yamila grafica el sacrificio que hacen en el asfalto: “A veces bailamos dos o tres horas y como algunas chicas se pueden descomponer les dan viandas cuando terminan”.
Belén revela que “hay gente que trabaja hasta las ocho de la noche, van a su casa, se cambian y siguen trabajando en la comparsa”.
Daniel se ilusiona con que Costa Norte sea reconocida “no solamente en Chimbas, sino en todo el país”. Ahí lo invade la nostalgia y sobrevienen aquellos recuerdos de los comienzos “desde abajo, haciendo batucada”.
“Hace poco fuimos a un carnaval en 25 de Mayo y los miraba a los chicos y me largaba a llorar, porque ya eran 72 tocando en la batería. Antes éramos solo 20 los que viajamos a un encuentro en San Luis”.

Por ayuda para que la comparsa viaje a Gualeguaychú: cristina1803.mp (alias) y 2645063179.