
¿Qué ocurre con la diplomacia cuando el lenguaje deja de ocultar el poder para exhibirlo directamente?, se pregunta el autor del texto en una época actual en que toda armonía parece estallar, y explica por qué esto es peligroso.
Por Jorge García (*)
El discurso contemporáneo de la política internacional parece atravesar un desplazamiento de su régimen de enunciación. Mientras que en la diplomacia clásica se operaba mediante mediaciones, rodeos y eufemismos, emerge un registro de lenguaje que tiende a la explicitación directa del poder. No se trata aquí solo de una cuestión de estilos, sino de una transformación en la forma en que los Estados empiezan a hablarse entre sí.
En este contexto de guerras, crisis económicas y reordenamiento geopolítico, las intervenciones de Donald Trump, jefe de Estado de una de las potencias mundiales actuales, ejemplifican ese particular y peligroso desplazamiento, y lo hace de manera directa, cuando dirige ya no a los enemigos de su nación, sino a sus socios y aliados tradicionales, sus reclamos y amenazas.
En el marco de sus críticas al compromiso de defensa colectiva de la OTAN, Trump afirma: “Si no pagan, no voy a defenderlos”. Frente a desacuerdos con aliados europeos, califica a España como “un aliado terrible” y ordena “cortar todas las negociaciones”. En el Foro Económico Mundial de Davos, apela a la memoria histórica como forma de presión: “Sin nosotros, todos ustedes estarían hablando alemán o japonés”. En medio de la crisis energética global y las tensiones en el Golfo, el vínculo se vuelve abiertamente transaccional: “vayan a buscar su propio petróleo”.
Las frases son muestras de una retórica que actúa en un plano sin mediaciones discursivas. Organiza e introduce jerarquía, sacrificando los puentes de diálogo o de posibles disensos, sobre todo con los países que tienen un mayor nivel de subordinación. También la memoria histórica se convierte más en un argumento de autoridad, cargado de reclamo y de imposición de culpa, borrando el sentido de cooperación tradicional que sostiene los vínculos. Por último, hay un uso descarado del modo de exponer directamente el interés en la relación transaccional que mantienen los países aliados. El estilo causa un efecto profundo: dilapida la distancia que, en la diplomacia, operaba para mantener la palabra y el conflicto en lugares gestionables por el poder.
¿Qué ocurre con la diplomacia cuando el lenguaje deja de ocultar el poder para exhibirlo directamente?
La diplomacia pareciera ser un artificio que tiene como origen la necesidad de regular un estado de guerra latente que Thomas Hobbes, padre de la filosofía política moderna, ilustra tan bien en el capítulo XIII de su obra magna, Leviatán. Allí sostiene que, para comprender ese estado de guerra natural, basta con observar la situación de las autoridades soberanas, que viven en actitud de gladiadores, en una permanente desconfianza mutua: se miran con recelo, apuntan los cañones instalados en las fronteras de sus reinos y espían a sus vecinos con disposición belicosa.
La diplomacia vendría a morigerar ese estado, en el cual los Estados, al carecer de un Leviatán superior que los domine, persisten en una condición de desconfianza estructural cercana a la guerra de todos contra todos. Su función sería la del equilibrio y la limitación del poder, tal como lo entendía Henry Kissinger en su obra Diplomacy.
Un modo de mantener ese límite y ese equilibrio, sin alterar la concordia, es regular los gestos y las representaciones del poder a través del discurso diplomático, que, a diferencia de otras formas de enunciación —como la moral, la económica o la religiosa—, tiende a maximizar y adornar el lenguaje, suavizando y expurgando de él toda intención directa. En fin, se trata del uso casi automático del eufemismo.
Por eufemismo puede entenderse la sustitución de una expresión directa por una más atenuada o indirecta, que permite decir sin decir del todo. En el acervo diplomático, esta operación es constante: las “intervenciones humanitarias” reemplazan a las guerras, los “daños colaterales” a las muertes civiles, las “tensiones” a los conflictos abiertos o las “preocupaciones” a las amenazas manifiestas. No se trata de ocultar la realidad, sino de hacer que esta se vuelva enunciable en un marco que preserve la armonía entre los Estados. Es, en definitiva, un código que Trump viene a hacer estallar.
En los discursos sobre política internacional, sea cual sea el tema, el mandamás de Norteamérica corroe las mediaciones: usa el lenguaje ya no como traductor, sino como afirmación de intenciones y desnudamiento del secretismo que suele adoptar el campo de los intereses. Los aliados dejan de verse como interlocutores para desplazarse al podio de deudores. Es una interpelación sin filtros, donde el poder, como un rayo que se descarga, ya no se insinúa, sino que se pronuncia.
Los demás gobernantes, formados en la retórica tradicional del rodeo, se ven aturdidos y desubicados frente a las increpaciones políticamente incorrectas del jefe de Estado norteamericano. Incómodos, sorprendidos y sin capacidad clara de respuesta, advierten cómo se les impone no solo un lenguaje, sino también la escena de un teatro desconocido. No solo eso: el desplazamiento que opera Trump en el lenguaje diplomático no se limita a sus pares jefes de Estado, sino también a otros poderes simbólicos, morales y religiosos, representados, por ejemplo, por el Papa León XIV, lo que manifiesta la fuerza de una embestida dialéctica que homogeneiza, bajo una misma dimensión de intolerancia, un único tipo de enunciación hegemónica.
Lo problemático y peligroso de esto es que la desaparición del eufemismo no reduce el poder, sino que lo intensifica, al volverlo más inmediato y difícil de contener. Trump, como actor disruptivo, también tuerce el destino de siglos de un lenguaje diplomático que pierde su capacidad amortiguadora para mantener a una prudente distancia la palabra, del conflicto y así dar espacio de gestión a la política.
Hubo un tiempo en que el poder necesitaba del lenguaje para no revelarse en su desnudez. Hoy, en cambio, parece bastarle con decirse del todo. Y en ese gesto no solo se transforma la diplomacia: se estrecha el espacio mismo donde podrían surgir otros modos de hablar.
Mientras tanto, un soberano parece aspirar a ocupar el lugar de un supra-Leviatán, capaz de concentrar en sí la pluralidad caótica —pero viva— de las voces que componen el orden internacional. No ya como mediador entre ellas, sino como instancia que las ordena, las jerarquiza y, en última instancia, las reduce a un único régimen de enunciación.
(*) Jorge García es profesor de Filosofía en la Escuela de Comercio «Libertador Gral. San Martín» de la UNSJ y Doctor Filosofía de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la UNSJ. Su campo de investigación es la Filosofía Política.
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Fuentes:
https://n9.cl/5cxhj
https://n9.cl/g141j