
Luego de asimilar, algunos/as con mayor dificultad que otros/as, la muerte de Carlos Alberto Solari, es fácil seguir pensando su música, sus letras y su legado. También, otros festejaron cruelmente su muerte, ya que era un personaje alineado abiertamente a valores de justicia y derechos humanos, tan vapuleados por la derecha del país y sus seguidores. Lo que si es seguro y dejó en evidencia en cada recital y en su despedida, es que son más los que lo secundan.
Edición especial El País del Indio
Escribe Belén Ferrer
En el imaginario popular, las y los seguidores de la banda y su mística son “idiotas” que siguen al Indio sin entender sus letras. Esto es falso; lo que sí es real es el desprecio, que afloró este último tiempo, a las clases populares seguidoras del letrista que en su momento condensó el contexto sociopolítico de muchos años de Argentina, y que, encima, se posicionó políticamente, cosa que tiene mucho que ver con ese desprecio.
Otra característica a destacar de Carlos Alberto es que no era condescendiente, había que entenderlo. Mariana Enríquez, escritora argentina, dice en Cenital: “Era un padre severo, te exigía y no te trataba de estúpido. Llamaba a pensar. Era una figura de autoridad en el buen sentido”.
Este artista de corte popular no mezquinó con la complejidad del lenguaje, quiso incorporar profundidad e intelectualismo, quizás sin saber que a tanta gente le iba a enamorar su poesía. Y aun sabiéndolo no resignó complejidad e invitó a pensar.

Darío Flores, profe de Literatura y escritor, habla sobre este fenómeno.
– ¿Por qué crees que existe esa tensión entre el hermetismo y la masividad de su música y sus letras?
– Hay que revisar la palabra hermetismo. Es un término que alude al dios griego Hermes en su función de mensajero, de ahí que se use en relación con la idea de un mensaje cifrado u oculto que hay que develar, como en la palabra hermenéutica. Me parece que la poesía del Indio no pide una exégesis, no envuelve en metáforas otra cosa, clara y distinta, unívoca, a la que habría que llegar tras un trabajo de desciframiento. Lo que hace es, como diría Barthes, dejar el sentido en suspenso. No todo tiene que cerrarte de buenas a primeras. La vida está hecha de infinidad de cosas incomprensibles y abrumadoramente bellas. Entonces, más que una tensión entre lo que podríamos llamar, con el Formalismo ruso, la opacidad de las letras del Indio y la masividad que alcanzaron, yo hablaría de un feliz matrimonio, feliz y extremadamente insólito, un casamiento gitano de varios días, a lo Kusturica.
– ¿Por qué pensas que se volvió tan popular teniendo esta complejidad?
– Hay, desde la teoría literaria, una relación directa entre determinación y explicación, por un lado, e indeterminación e interpretación por otro. Hablamos de un texto “determinado” cuando ha reducido al mínimo sus imprecisiones, sus ambigüedades, sus opacidades, sus vacíos de información… En estos casos el texto se ofrece a la “explicación”: uno como lector recoge sin mayores dificultades el sentido ofrecido (que suele ser uno, y muy evidente). En cambio, hay textos sumamente “indeterminados”, de los que el sentido se nos escapa como agua entre los dedos. Tienen metáforas complejas, un vocabulario sofisticado, su sintaxis es enrevesada, están llenos de alusiones a otros textos… Estos son los textos que se abren a la “interpretación”, es decir a un ejercicio intelectual de comprensión a partir de pequeñas hipótesis de lectura. Y no hay que saber teoría para interpretar un texto. Lo hacemos con la caja de herramientas que tengamos, por eso las interpretaciones son siempre plurales y a menudo muy disímiles entre sí. Claramente las letras del Indio se encontrarían en este segundo grupo de textos, es decir aquellos sumamente indeterminados y por tanto abiertos a la interpretación.
Hago todo este rodeo para tratar de explicarme desde la teoría esto que plantea la pregunta: una aparentemente paradójica relación entre la complejidad de las letras del Indio y su alcance popular. Lo indeterminado, como diría –otra vez– Barthes, aloja al lector, le da un lugar allí al interior del texto, lo vuelve sumamente necesario para que la cosa funcione, arranque y avance en alguna dirección. Y esto es convocante. Sentís que el texto te recibe, y una vez que entraste, te das cuenta que lo podés llevar adonde vos quieras. Se convierte en una nave espacial. Por eso pienso que las letras del Indio son tan populares. Siempre habrá algo así como una elite intelectual que quizás pueda recuperar referencias librescas, nombres de artistas, películas, pinturas, etc., que servirán a una interpretación “sofisticada”. Pero viene el pibe que no tiene ni un libro en su casa, que nunca fue al cine, que jamás pisó un museo, y también hace su interpretación, porque tiene con qué: llena esos espacios de indeterminación del texto con elementos de su realidad. Ahí es donde se produce esa cuestión casi mágica por la que sentimos que la canción nos está hablando a nosotros, y lo siente tanto un profesor de la UBA como una piba del Médano de Oro.
– Esto de hablar en clave, ¿también tiene que ver con la búsqueda de ser siempre independientes y no responder a las necesidades de popularidad y masividad que quieren las discográficas?
– Hay una noción teórica que puede guiar nuestra lectura de este asunto. Roland Barthes habla de “responsabilidad de la forma” para referirse al modo en que la literatura se cimienta éticamente sobre un trabajo de desplazamiento al interior de la lengua. ¿Qué quiere decir esto? Que el compromiso ético de la literatura, si es que tiene alguno, no viene de los temas que desarrolla, ni de los posicionamientos ideológicos que de los textos rezuman, ni siquiera de lo que se dice sino de cómo se dice. Ese gran “cómo” es lo que llamamos forma, y siempre supone un corrimiento respecto de los demás usos del lenguaje, siempre es un desfasaje, un desajuste en el común acuerdo entre las palabras y las cosas.
¿A qué voy con esto? A que usar de este modo corrido el lenguaje impacta en el mundo, desbarata el reparto de lo sensible, como diría Rancière. Sacude, trastoca lo real. Quizás nunca se planteó explícitamente esta relación entre las letras y una resistencia a la lógica del mercado, pero terminó siendo una consecuencia. Mirá si el lenguaje no va a cambiar el mundo. ¡Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene!
– Hay frases que van a quedar para siempre en el imaginario popular, una suerte de tuits que tiran la posta, una frase para cada momento de la vida como los diálogos de Los Simpson. ¿Crees que eso es lo que lo hace popular?
– Sí, son frases de una contundencia incontestable, y más que su fuerza pragmática, digamos, más que su potencia política, lo que las hace fuertes en mi opinión es lo que en literatura llamamos la coherencia interna del enunciado, el ensamblaje perfecto de sus partes, cada una de ellas necesaria e irreemplazable. Cuando el texto se encuentra con estos elementos se vuelve sólido como una piedra, de una potencia asertiva impresionante (“violencia es mentir”, “vivir solo cuesta vida”, “el futuro llegó hace rato”) y ahí sí, corrigiendo un poco lo que acabo de decir, tal vez sirva para romper algo, y más político que eso no viene.
Lo interesante de estas frases es lo que la gente ha hecho (hemos hecho) con ellas. Es una locura, un caso de estudio para las llamadas teorías de la recepción. Hay una apropiación de estas frases que las volvió de lo más versátiles. Básicamente lo que hacemos es olvidar momentáneamente su contexto verbal de origen y ponerlas a funcionar en relación con otros sujetos, otros ámbitos, otras situaciones. La frase gana autonomía. “Mi único héroe en este lío” es Riquelme contra las SAD (Sociedad Anónima Deportiva), o el Diego defendiendo a los jubilados, y la canción en realidad es una canción de amor que habla de una chica que alguna vez te salvó: “ella fue por esa vez mi héroe vivo, bah, fue mi único héroe en este lío”. O “Ya sufriste cosas mejores que estas”: es la frase más apropiable del mundo, fijate cómo podés llenar ese pronombre (“estas”) con lo que sea que esté enquilombando tu vida en ese momento. Y en sentido contrario: “Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán”, para referirte a cualquier cosa buena que estés esperando, desde un gol de Messi a la renuncia de Milei.
Y después están las frases que alcanzan cierto grado de universalidad, digamos, desde su origen. En la canción misma están ya nombrando algo que nos compete a todos los seres humanos, y es imposible sustraerse de eso, no podés hacerte el boludo y mirar para otro lado: “la vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo”. Te interpela, quieras o no. Por eso son frases populares: nos calzan a todos. Una Cenicienta a la inversa.
– Está la creencia que los ricoteros son iletrados ¿No hay necesidad de comprender académicamente los términos que utiliza en sus letras?
– No, no hay ninguna necesidad de hacer pasar todo por las instituciones. Si se hace, está bien. Si no se hace, también. Ninguna canción tiene por fin la disección académica de los recursos y los elementos con los que fue hecha. “En esta vieja cultura frita” estamos muy preocupados por explicar, analizar, demostrar… Y no siempre va por ahí la cosa. Ojo, me encanta la idea de que se lleve el Indio a las aulas, por ejemplo. Que entre su poesía en los programas de estudio. Creo que si hay algo que podemos hacer desde las universidades es eso. Igual te leo con muchísimo gusto una tesis sobre las letras del Indio. Soy el primero. Pero si la creo necesaria, como dice la pregunta, te digo que no. Hay una gran potencia en la incertidumbre. Es inquietante leer algo y no comprenderlo, y esa inquietud te moviliza, te lleva a hacerte preguntas, a leer, a googlear. Yo creo que si se aplicara un trabajo de comprensión académica sobre los términos que el Indio usa en sus letras estaríamos aboliendo esta potencia de su escritura. ¡Yo no la cambio por nada!
– Qué pensás de ese concepto de “contrabando de información”, esto de tomar conceptos de la alta cultura y licuarlos en un lenguaje popular para la gente que no tiene acceso a la biblioteca universitaria.
– Es espectacular la forma en que lo hace el Indio, porque no es obvio, salvo en muy contadas excepciones en que le ganó el deseo de dar a conocer, sobre todo a los pibes más jóvenes, y mencionó algún libro entre tema y tema en un recital o directamente se mandó con un cover como los que hizo de Spinetta o de Manal. Pero normalmente lo que hace es deslizar en sus letras alusiones bien oblicuas, sutiles, y el que tenga oídos para oír, que oiga, como dice la Biblia. Qué sé yo, me vienen a la memoria varios momentos de “anagnórisis” en que te cae la ficha helada de la referencia, como cuando dice “no hubo caricias para su celo moro”, y vos que leíste Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, que es una tragedia sobre los celos, básicamente, cazás el guiño, y la elegancia formal de ese guiño.
Otra, que me pasó hace muchos años ya, cuando íbamos a conectarnos a Internet en los cibers. Me estaba armando una pinacoteca virtual, estaba obsesionado con la pintura. Iba y me ponía a descargar una a una, todas las pinturas que pudiera de un autor. Copiaba y pegaba los títulos en cada archivo jpg, los metía en una carpeta y guardaba todo en un pendrive. En una de esas llego a mi casa, pongo el pen en la compu y me pongo a descargar la cosecha del día. Félicien Rops, pintor y grabador belga del siglo XIX. Miro un poco cada grabado y me detengo en uno de una piba desnuda, tumbada de espaldas en una especie de granero. Tiene las piernas abiertas, se agarra las rodillas y tira el rostro hacia atrás en una expresión de deseo ardiente que lleva la mirada del espectador directo a la vulva, entre implorante y ofrecida. Yo no había leído todos los títulos, los iba copiando y pegando mecánicamente. Pero este grabado me impactó y de un salto busqué el título en la parte de arriba del monitor: “La muchacha más bella del mundo no puede dar más de lo que tiene”. Me quedé duro.

El Indio no es el único que logró esto e invitó al mundo a pensar e interpretar. Toda una biblioteca y filmoteca se viste de rock en tierra argentina: Los clásicos Spinetta, Charly García y Fito Páez, pero también Palo Pandolfo, Santiago Motorizado, Juana Molina, Rosario Bléfari, Dillom, entre cientos más. Quizás, muchas personas no consumen poesía, pero sí lo hacen a través de esta música.
Fotografía de portada: Gabriel Pérez
Imágenes en el cuerpo de la nota cortesía de Darío Flores