Revista La U

Esa banda inconsolable, de lunáticos diamantes

Edición especial El País del Indio

Una pequeña incursión por tres breves relatos para entender la aventura de esos “patéticos viajantes” que seguían al Indio Solari por todo el país. Los viajes a Tandil, Salta y Mendoza con sus particulares previas. Recitales que hoy son históricos. Y una hermandad difícil de igualar.    

Por Pablo «Zama» Bustamante

Una banda inconsolable recorrió rutas y paisajes durante años. Fueron los patéticos viajantes que ayudaron a profundizar el mito. Aquellos lunáticos diamantes, también chicos y chicas que fueron como bombas pequeñitas y se erigieron, acaso, en un público respetable. Una masa que fue creciendo con cada misa india haciendo que ese infierno fuera encantador.

Los locos de gran intensidad a los que Carlos Alberto Solari, el Indio, acarició con sus letras encriptadas, que dejaron, sin embargo, sentencias que acompañaron distintos momentos de cada fan. Porque el arte sigue resignificándose con la intervención de cada público, de cada generación, con la perspectiva de sus amantes.            

Ir a ver al Indio nunca fue solo un recital. Transitar esa pasión y encolumnarse en aquella fuerza anímica masiva era preparar un viaje (a veces de más de 1000 kilómetros) y transitar una larga pero enriquecedora previa, en donde no faltaban las calles con pequeños pogos al lado de autos con las puertas abiertas por donde se colaban las canciones de Los Redondos a todo volumen.

Tampoco eran pocos los fuegos de octubre en cualquier mes, para darle vida a fraternos asados con tonadas de todas las regiones argentinas y de otros espacios sudamericanos adonde había llegado, de boca en boca, el sabor de esa estructura musical que se mantuvo siempre al costado de los grandes sellos comerciales. Una estirpe rebelde que con su viaje alternativo no dejó de convertirse, sin embargo, en masiva.

Acá están ilustrados en breves relatos tres viajes a tres destinos distintos que conforman pequeños retazos de una historia que no tiene fin, con un líder que hoy partió, solamente, para volverse omnipresente

Tandil 2010: el pogo más grande del Universo

“¡Somos una religión!”. Desde el fondo del bondi -que algunos dicen que sale hacia Finisterre y que tal vez sea el último- un fanático, vino tinto en cartón en la mano derecha, remera negra ineludible para la ocasión, sintetiza el sentimiento de cada uno de los casi 100 mil fanáticos que viajan desde distintos puntos del país hacia Tandil para la misa india.

En un juego de los números en el reloj, a las 23:23 h el colectivo, que no va a Finisterre sino hacia el sur de Buenos Aires, pone primera, y espera no ser el último.

Hay una brisa fresca que no llega a dictar el cese de las mangas cortas, en vísperas del sábado 13 de noviembre de 2010, el único recital del año del Indio Solari.

Es el viaje al “pogo más grande del universo”. Así lo dirá el Indio la próxima noche cuando los pies sudorosos, provenientes de distintas regiones, salten levantando polvareda y haciendo vibrar los vidrios de toda una ciudad, al compás de Jijiji, como en un trance.

El colectivo parece “Pabellón séptimo”. El laberinto es oscuro, no se ven las caras, ni las manos.

Este pabellón es distinto: van encerrados, sin salida, es “La casa de Asterión” en una pasión difícil de explicar. Una masa separada espacialmente pero siempre unida por algo esencial: son una “religión”.

Afuera, dos malabaristas callejeros canjean su arte subterráneo por monedas. En el colectivo empieza a esparcirse la letra de “El pibe de los astilleros”.

A las tres menos cuarto, el control policial hace que los cánticos, por pedido de uno de los coordinadores del viaje, cese.

Duermen. La madrugada le pasa factura al día laboral que precedió al inicio de esa aventura de más de 15 horas de viaje.

Se despiertan ya en Buenos Aires. El sol parece estar a punto de hacer explotar los vidrios del colectivo, y también la cabeza de los que sufren algo de resaca. El destino será el hipódromo de Tandil.

Allí, el humo de asados al costado del camino y banderas con frases ricoteras, estaciones de servicios saturadas de gente y calles laterales a la ruta principal convertidas en un hormiguero gigante y repentino configuran un escenario superlógico que empieza a cimentar la noche de pasión rockera que está a escasas horas de suceder.

Será como un vendaval de solo dos horas que dejará sus “secuelas” para siempre.

Pero todavía falta bastante para el show y una estación Shell –cerrada, tal vez por la cercanía del temblor ricotero en la ciudad- es usurpada por los fanáticos.

Los trapos chocan con el aire, mientras los brazos agitan la siesta con movimientos acordes a los cánticos futboleros que esta vez van dirigidos hacia el Indio y la nostalgia por Los Redonditos de Ricota: es el feedback por lo que las letras de Solari le brindan a las canchas argentinas.

La zona de los tanques de nafta de la Shell está llena. El grupo entra en trance, no para de cantar y de saltar. Algunos sacan los matafuegos y empiezan a disparar en distintas direcciones. En las calles aledañas, las remeras del Indio se agotan. Hay humo de choris por todos lados. Y desde los parlantes de una camioneta se escurre “Juguetes perdidos”. La fiesta copó Tandil, una ciudad tranquila de la abrumadora Buenos Aires.

Cae la tarde y hay más pogo en la ciudad. “Vencedores vencidos” es uno de los temas que hace mover la tierra de las calles sin pavimentar de las cercanías al hipódromo. Ahí nomás se acopla “Yo Caníbal”. La música sale de un puesto de venta de choris. Los fanáticos intercambian cervezas. Y los rezagados hacen fila para sacar las últimas entradas para un recital que será escuchado hasta en un pueblo que está a treinta kilómetros.

Antes del anochecer empieza el desfile por las calles de tierra hasta llegar a las puertas del hipódromo. Es un pasadizo a las nubes. No hay policías, es así en todos los recitales del Indio.

“Esta calle es Ugalde”, dice un hombre canoso de unos 70 años. “Mi casa es la de enfrente”, señala. Su vivienda quedó atrapada en el camino vallado que lleva hacia el césped del pogo. Pero no está enojado, conversa con un matrimonio que toma mates en la puerta de una casa mirando pasar a ese malón extraño que va hacia una “jaula” aún más extraña, para saltar. “Acá se siente bastante cuando saltan en el recital”, dicen. En Tandil ya vivieron ese movimiento antes, en otro recital.

Las puertas del cielo se abren: el campo es verde. Un escenario casi irreal: es Tandil a tres horas del gran sismo.

Todos los fanáticos quedan perfectamente ubicados para el desorden repentino en letras que volarán besando el viento alegre de la reminiscencia ricotera. Los gritos subterráneos de júbilo viajan en la planicie de las pampas y se amarran al escenario que anhela una sola presencia.

“Yo fui a ver a Los Redondos en la panza de mi vieja, imaginate. Lo mamé desde muy chica a esto”, cuenta una joven bonaerense. La marea se mueve. Suena un celular y alguien atiente: “Hola abuelita, no sabés lo que es esto. Tendrías que haber venido, abu. No sabés lo que te perdés”. Hay risas cómplices de los que acompañan al nieto. “El Indio es un maestro, tal vez está tranquilo leyendo a Kafka y todos los giles esperándolo acá”, se ríe otro.

A las diez menos siete minutos de la noche, el Indio sale a escena. Sorpresivamente, empieza con un cover: “Jugo de tomate frío”, de Javier Martínez, tema que Manal hizo famoso. Pegado a eso, va con un inédito de Los Redondos: “Un tal Brigitte Bardot”.

Una chica, que dice que se llama Violeta, sube a los hombros de un joven que no conoce y agita una pequeña bandera con inscripciones rockeras.

Se abren rondas para que los cuerpos choquen sin parar en medio de la polvareda del ritual. El cielo aparece tapado por el humo multicolor de las bengalas: desde el pie del escenario hasta más allá de doscientos metros. Es una noche atiborrada de caos y paz.

Serán 29 temas antes de que llegue el final de ese círculo vicioso que vuelve sin parar.

En la madrugada, los colectivos emprenderán sus caminos de regreso. En las calles de tierra los choferes de cientos de ómnibus habían quedado esperando en fila para salir con distintos rumbos. Ya nada será igual para sus pasajeros.

La salida del hipódromo es entre exclamaciones y silencios, entre satisfacciones y la euforia que tarda en disiparse. Hay distintas tonadas confluyendo en un sentimiento especial. “¡Qué groso es este chabón! ¡Fue el mejor recital, impresionante!”, grita un porteño.

Las zonas aledañas al pogo, después del gran remezón volverán a tomar poco a poco el color de pueblo tranquilo.

Esa banda inconmensurable reunida para otra misa india sale a las rutas, ahora de regreso. Aquella noche, mirando a los más de 100 mil fanáticos, el Indio dejó una frase para siempre: “Vamos a hacer el pogo más grande del Universo”. Y con Jijiji Tandil, definitivamente, explotó.

Salta 2011: el perfume de la tempestad

El ruido rancio del andar del colectivo parece rozar paladares secos de resaca alegre. Los ojos abren ansiosos, aunque el lento trajinar de las horas son un puñal clavado en la carretera. Fue una noche agitada para los ricoteros. Un cartel proselitista detalla que el asfalto ya pertenece a Rosario de la Frontera.

Es sábado 26 de marzo de 2011. Salta “La Linda” empieza a abrirse como un pulmón verde para el paso de la tribu, que bajo un cielo todavía tapado de nubes gordas y grises, va buscando el estadio Padre Martearena. Pasadas las once de la noche el pogo moverá los vidrios norteños.

A esa cita van 57 historias que se cruzan en un colectivo sanjuanino. El aplauso generalizado indica que el coche se pone en marcha el viernes en la tarde. “Superlógico” llena los oídos desde los parlantes ubicados arriba de los asientos. En la parte de atrás, un grupo de rawsinos se escudan en una bandera blanca con la inscripción “Héroe del whisky más”. Rita, Fredy, Cristian, Renzo, Lucas, Matías, Viki y Tere están listos para la larga previa.

Un poco más adelante, Pelu (del grupo de los que viven cerca de La Rioja Chica, en Concepción) habla con uno de los que viajan en los primeros lugares. Jesi no para de tentarse a carcajadas estridentes con los chistes de Foqui, que va a su lado. Diego subirá apurado cuando el colectivo haya superado la terminal caucetera y se someterá a los chistes de su hermano (Foqui) y de su amigo (Pelu). Solo contará que casi se queda en San Juan, pero decidió salir en el auto a buscar el colectivo.

Remera roja con la inscripción “8 de octubre, día del guerrillero heroico Che Guevara”, Renzo ya empieza a caminar por el pasillo y llamar la atención con sus chistes. Diego le dice a Pelu que si llegan a las 12 van a poder improvisar un asado en un descampado. La banda de Rawson va más preparada: ya llevan la carne para el almuerzo al costado de las calles salteñas.

“La Murga de la Virgencita” flota en el aire. Rita canta junto a Matías. El coche pasa la Difunta Correa con “Un poco de amor francés” invadiendo los pasillos. También repasan la placa “El Perfume de la Tempestad”, que el Indio va a presentar la próxima noche.

Ya en Chepes, La Rioja, antes de la medianoche, Tere y Renzo reparten los últimos sánguches de milanesa, mientras se ríen de los sánguches de berenjena que la madre le dio a Matías.

A las ocho y media de la mañana el colectivo para en una estación de servicios de las afueras de Tucumán, junto a otros transportes de larga distancia de distintas provincias.

Falta muchísimo. El recital comenzará a las diez menos veinte de la noche. Antes, entrando a Salta, las calles suben y bajan viboreando. Los estómagos se contraen. Renzo tropieza por el movimiento ondulante del colectivo y causa la risa de sus amigos.

Los carteles indican la proximidad con la capital salteña. A la derecha viaja un minibús que en sus laterales tiene la inscripción de un teléfono con número de área conocida. “Son sanjuaninos”, apunta Diego. A los costados ya se ven las plantaciones de caña de azúcar. Salta es húmeda y alta.

Cuando llegan a la zona céntrica ven que hay ricoteros por todos lados y un parque verde rodeado por construcciones, no tan lejanas, encima de las sierras. Adentro del colectivo suena “Tatuajes”, de la placa “Porco Rex”.

Bajan en las cercanías del estadio Padre Martearena. Los chicos de Rawson caminan rumbo a un descampado para preparar un asado. Se suman Luis y Emanuel, que viajaron en los asientos de adelante del colectivo.

Las calles están llenas de gente que se escuda en remeras rockeras. En el pavimento rebotan suelas gastadas por los viajes, saltan con las letras de Los Redondos que escapan de ventanas de las casas, de parlantes de los negocios, de autos parados a un costado del camino.

A una cuadra de esos pogos improvisados, Chelo les abre la puerta de su casa a los jóvenes y les cobra por pasar al baño. Aunque el primero en recibir amistosamente a la gente es un perro bóxer que tiene puesta una musculosa ricotera.

Chelo no va a ir al recital. Se quedó sin laburo. Por eso aprovechará para sacarle aunque sea un mínimo de rédito económico a la presentación del Indio, vendiendo empanadas y otros alimentos a los fanáticos.

A un costado del descampado el asador es Matías. Pero Lucas es quien sala la carne en la vereda. Y Tere condimenta la ensalada. La hinchada de Peñarol de Salta se suma con sus bombos. El sol pesa sobre las espaldas. Hace calor en Salta. 

Aguirre, un hombre de la zona, les presta una parrilla a los sanjuaninos y deja que otros visitantes se sienten sobre el césped cercano a su 4×4, mientras les da cubiertos para que puedan almorzar.

El asado está listo. Matías se luce. Material blando y jugoso para amenizar la extensa previa. Los chicos toman un poco de pan y van a la caza de algún pedazo de carne o de un chorizo.

Las remeras con inscripciones que recordarán el recital durante mucho tiempo, se vuelan de los tendederos precarios que colocaron los vendedores.

Cuando ya es de noche, los sanjuaninos entran al campo de juego del estadio. Las tribunas también empiezan a colmarse. Algunas banderas son desplegadas en los paravalanchas.

El Indio y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado saltan a escena a las diez menos veinte. “Todos a los botes” es el primer tema. Rita salió disparada hacia delante. Lo mismo que Lucas, que nunca lo había visto desde tan cerca. Matías, Tere, Viki y Renzo se quedan más atrás. Fredy, Luis y Emanuel se perdieron en el tumulto de gente.

La masa de unas 40 mil personas se convierte, en temas como “Queso Ruso”, en una marea anímica hipnotizada por su líder de camisa celeste y anteojos negros.

El “Infierno está encantador” hace explotar todos los silencios y tajea las gargantas, que empiezan a enrojecerse. Serán 26 temas volando en el aire salteño y al menos dos horas de recital. Otra vez los trapos flotarán en el espacio con “Juguetes perdidos”. También la marea abrirá huecos redondos para el pogo más grande del universo cuando llegue “Jijiji”.

Después, el regreso hacia el colectivo es casi en silencio por el cansancio. La misa redonda culmina con el viaje de vuelta, 16 horas más en el vehículo. Agotado, sentado sobre el cordón de la calle, un marplatense alcanza a largar el calificativo “impresionante” y dice que viajó más de un día para estar ahí.

Cuando el colectivo sale hacia San Juan, arriba, en el parabrisas, un dedo silencioso dibuja, despacio, minuciosamente en el vidrio empañado, la marca indeleble de toda esa locura: “Indio”.         

Mendoza 2013: un temblor bajo cero

“Esto es una locura. Estoy muy emocionado”, dice Carlos Solari cuando mira hacia la muchedumbre. El hombre agradece así la presencia de sus fieles seguidores, que esta vez soportarán los sorpresivos dos grados bajo cero del sábado 14 de septiembre de 2013.

Más de 150.000 personas fueron a verlo y a escucharlo cual juglar de masas: el único intelectual capaz de llegar al corazón de millones de personas con frases que se convirtieron en grafitis urbanos, en banderas de tribunas populares y en cientos de tatuajes.

En el autódromo Ángel Pena de la ciudad de San Martín, en Mendoza, el Indio arrimó a una cantidad de público equivalente a unos seis estadios San Juan del Bicentenario repletos. Un fenómeno que quizás desoriente a varios sociólogos, pero que redime a José Ortega y Gasset: es la rebelión de las masas.

Hay imágenes mentales que quedarán selladas en las retinas de los fans como recuerdo de un día histórico para Cuyo. Almas que se vuelven a estremecer en medio de una multitud que contagia una fuerza emocional difícil de describir.

Todo empieza en San Juan, pasadas las ocho y media de la mañana de un sábado frío. En los colectivos de larga distancia van decenas de jóvenes con remeras ricoteras viajando como particulares. “No van solos en el colectivo, al que moleste lo bajo”, le dice a un grupito de desaliñados con barbas a medio afeitar un hombre redondo y prejuicioso.

Afuera de la terminal también hay chicos y chicas con banderas esperando por los colectivos contratados.

A esa hora, en las rutas argentinas viajan miles de autos, combis y más colectivos que desembocarán como en un embudo gigante en el Parque Agnesi, a la espera de que se abran las puertas del autódromo. Es la primera vez que en Cuyo festejarán un sismo.

Crístofer, Titi, Fernando y Leo llegan a Mendoza en un Seat Córdoba despintado con la patente atada con alambre (un policía les pidió plata para dejarlos pasar cerca de Lavalle). Ese auto se la iba a bancar durante toda la aventura.

Los jóvenes preparan un asado improvisado al lado de los vehículos, sin refugio del viento helado que se torna atípico para septiembre. El arte del buen comer: después de algunas horas hay sánguches para todos y carne cortada con el único cuchillo que llevaron. Lo que no escasea, pese al frío, es el hielo para el fernet.

Son cuatro sanjuaninos perdidos en una multitud que acecha con letras ricoteras que salen de los aparatos de música colocados al lado de los autos. Algunos bailan con tetras de tinto en las manos. Es Cuyo, tierra del mejor vino del país, en medio de su paisaje andino, árido y seco.

Antes del recital parece que “el mejor testigo se puede contradecir”: no falta aquel que hable a favor de Skay Beilinson y otro le retruque con letras del Indio. Hay fuego en las calles de tierras, es la forma de arroparse contra ese aire que atraviesa el alma.  

Algunos arman el plan para volver a sus autos después de que termine el recital y otros pasan con remeras con la cara del personaje convocante del día.

Para mitigar la onda expansiva de la sorpresiva ola polar, además del alcohol, muchos cantan y saltan o caminan.

En la noche, con una sensación térmica que amenaza con la hipotermia, Carlos Solari aparece en escena con gorro a lo Chavo del 8 y anteojos negros redondos. Para esa épica salida elige a “Luzbelito” para calmar la ansiedad de su gente. Mira al enjambre embravecido que se avalancha hacia el escenario y no lo puede creer.

Hay terremoto en Mendoza. Los pies despegan del suelo, vuelan los buzos y camperas. Todos quedan en remera, como si ya no doliera el lacerante aire del Sur.

Crístofer se pierde entre la gente. Titi, Fernando y Leo quedan en otro sector depositados por el pogo que mueve las ventanas y las puertas del Este mendocino, como si hubiera un viento Zonda fuera de control.  

Hace rato que ya no importan el frío, el cansancio por el tiempo de espera, ni los billetes que a muchos se les fueron en entradas, pasajes, asado y fernet. Nada hace que tope la alegría cuyana o frene el camino al clímax.

Chicos y chicas saben bien que hoy su chance es gorda. Y el Indio enciende el escenario. Y se mueve el Parque Agnesi.

Se calientan las gargantas con el “Templo de Momo”, “Ceremonia durante la tormenta” y “Torito es muerto”. Se elevan los cuerpos con “Todo preso es político” y “La hija del fletero”.

Después llegan “Vuelo a Sidney”, “Las increíbles aventuras del Capitán Buscapina en Cybersiberia” y “Gualicho”. Solari mezcla éxitos solistas con consagrados de la época de Los Redondos, como siempre.

“Pabellón Séptimo” (relato de Horacio) lleva de viaje a sus seguidores por los pasillos de alguna cárcel, en donde los días son de noche y el miedo es una forma de vida. Solari ya canta debajo del aguanieve que se derrite en los cuerpos encendidos por el continuo pogo.

Casi sin energías, ese hormiguero que copó el otro escenario, el de los que consiguen el mito de una superpoblación histórica en recitales de rock, terminan de enloquecer con “El Pibe de los Astilleros”, “Juguetes Perdidos” y el infaltable “Jijiji”.

Termina el recital y ese centenar y medio de personas se amontonan en una salida que se hace lenta. Varios minutos después, todavía con la adrenalina en estado exacerbado, algunos pasan Lavalle en una ruta oscura, de regreso a San Juan.

Locos de gran intensidad que nunca se olvidarán de aquel frío sábado en el que transitaron ese mundo de sueños ligeros, sueños bonitos, sueños frenéticos. El Indio los había mirado al salir junto a “Luzbelito y las sirenas” y había dicho que era una locura. Y para los cuyanos, que están acostumbrados a otros temblores, sigue siendo una locura. Una emoción imposible de explicar. Porque hay aventuras que no se traducen en palabras, solo se viven una vez, y para siempre.

Fotos: Pablo «Zama» Bustamante

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