Revista La U

La misa final: el día que despedimos nuestra propia historia

Desde San Juan hasta Avellaneda, el viaje a despedir a un referente cultural. Foto: Yanina Páez

Edición especial: El País del Indio


Por Yanina Páez


La fila empezaba mucho antes de que el Microestadio José María Gatica se asomara en el horizonte de Avellaneda. Más de veinte cuadras de personas esperaban bajo el frío de la mañana con una paciencia poco habitual para los tiempos que corren. Algunos llevaban remeras gastadas, con las costuras vencidas por los saltos en Olavarría, Tandil o Mendoza, otros sostenían banderas enormes, pesadas de ruta, con los nombres de sus barrios pintados a las apuradas. Había mates lavados que pasaban de mano en mano, el humo inconfundible de los choris en las parrillas improvisadas, latas de cerveza compartidas y canciones que brotaban, espontáneas y furiosas, entre perfectos desconocidos.

Mirándolo de afuera, nadie hubiera dicho que aquello era un velorio. Pero lo era. El verdadero motivo de ese encuentro era el dolor, aunque lo estuviéramos disfrazando de celebración. “El lujo es vulgaridad”, nos dijo siempre, pero este lujo, el de llorarlo en comunidad, solo lo podríamos tener nosotros y nos salía del alma.

Los vendedores ambulantes también rindieron homenaje al Indio. Foto: Yanina Páez

El 5 de junio de 2026, el cuerpo de Carlos «Indio» Solari dijo basta a los 77 años, luego de plantarle cara durante una década al «Mister Parkinson» que jamás pudo apagar su voz. Dos días después, cuando su familia comunicó que la despedida sería en el Parque de los Trabajadores, no hubo espacio para la duda. En mi caso, la decisión tomó apenas unos segundos: armar una mochila, salir de San Juan y emprender un viaje de más de 1.100 kilómetros hacia el asfalto bonaerense. Como nos pasó a los miles que copamos las rutas esa semana, metidos en micros de línea o haciendo dedo en las estaciones de servicio, la necesidad no respondía al fanatismo ciego ni a la curiosidad periodística. Respondía a la gratitud.

El rock como todo llanto

Quienes alguna vez asistieron a una misa ricotera conocen de memoria la postal. Durante décadas, esas convocatorias funcionaron como verdaderas peregrinaciones. En la fila de Avellaneda volvía a pasar: obreros, docentes, pibes y pibas de secundaria, profesionales, jubilados/as y desocupados/as compartían una fila en medio de la calle sin preguntarse de dónde venían ni hacia dónde iban. Bastaba una remera o una estrofa tarareada a medias para entenderse. “Vivir solo cuesta vida”, repetía un rolinga viejo, de esos que ya se ven poco, mientras miraba el cielo grisáceo a punto de comenzar a llover.

Escuchar a Los Redondos desde la adolescencia fue, para nuestra generación y las anteriores, un ritual de iniciación que nació en la clandestinidad de los ochenta, cuando el “Indio” y “Skay”, armaron una cofradía que terminó desbordando estadios. Para muchos, sus letras eran una lente para mirar el mundo, un manual para leer las injusticias, las contradicciones y nuestras propias derrotas cotidianas.

El día gris no impidió que miles de personas se congregaran en el Parque de los Trabajadores. Foto: Yanina Páez

Frases como «fijate de qué lado de la mecha te encontrás» dejaron de pertenecerle a un disco para convertirse en un axioma nacional. Otras como «violencia es mentir” se instalaron para siempre en el lenguaje popular, grabadas a fuego en las paredes de los barrios.

Por eso, cada recital del “Indio” fue una pieza clave en la biografía de sus seguidores. Recordamos nuestra vida según las rutas: el primer show en La Plata en intercambio por el viaje de egresados de mi hermana, los ahorros quemados para llegar a Salta o el barro mítico de Gualeguaychú. Viajamos con amigos que el tiempo dispersó, con hermanos que ya no están, o con padres que manejaban cientos de kilómetros para cuidarnos la aventura.

Esos dolores dulces

La espera para ingresar se estiró por casi nueve horas. Medio día de ponerle el cuerpo al frío, al cansancio del viaje acumulado y a la ansiedad. Recién a la noche, las vallas de contención cedieron y llegó el momento de entrar al microestadio.

Las frases de sus canciones grabadas en las calles. Foto: Yanina Páez

Entonces, el clima cambió de golpe, como si hubiésemos cruzado un umbral hacia otra dimensión. El murmullo de la calle no se quedó afuera, pero mutó. Los cantos acompañaron tímidamente, ya sin el agite, y una única palabra se repetía sin cansancio: gracias.

Al cruzar la puerta, el aire del Gatica se volvió espeso, cargado de respeto. Y frente al cajón, rodeado de ofrendas (banderas, zapatillas gastadas, rosarios, flores, remeras y cartas) la realidad nos golpeó de frente, sin metáforas poéticas: el Mister ya no estaba.

El dolor por despedir a un referente cultural. Foto: Yanina Páez

Lo que pasó en esas horas adentro del microestadio es difícil de explicar con herramientas de la razón. Algunos pibes y pibas con ropa de marca y otros de gorrita que jamás se habían visto las caras se desplomaban en abrazos eternos, llorando sobre el hombro del otro como si se conocieran de toda la vida.

Agradeciendo por las canciones que nos salvaron las noches más oscuras. Agradeciendo por obligarnos a armar un bolso y salir a la ruta a descubrir el mapa. Agradeciendo por los amigos que encontramos en el pogo de cada recital. Agradeciendo por haber puesto palabras exactas allí donde muchas veces solo teníamos bronca, incertidumbre o desilusión.

Se me hizo piedra el corazón, respiro igual…

Fue en ese preciso instante, viendo llorar a hombres duros, de esos que la calle curtió a golpes de realidad, y a pibas jóvenes con las manos tatuadas y los ojos puestos en el infinito, cuando la despedida reveló su verdadero significado. Aquella marea humana no estaba saludando únicamente a un músico extraordinario que alguna vez cantó en lugares como Cemento o en grandes Estadios. Estábamos despidiendo una época de nuestras propias vidas. Estábamos velando a la banda sonora de millones de historias anónimas que encontraron en la voz del “Indio” un refugio, una trinchera o simplemente un abrazo cuando el mundo se volvía demasiado hostil. Si no hay amor que no haya nada entonces, parecía ser el decreto mudo de esa noche.

Mientras llegaba la madrugada en Avellaneda y tocaba emprender el regreso, la certeza flotaba en el aire de las terminales y de las estaciones de servicio: el viaje había valido cada kilómetro. No porque hubiésemos sido testigos del final de un mito. Al contrario, volvimos a casa con la confirmación de lo que las misas ricoteras nos grabaron en el alma durante décadas. Nos demostró que la muerte es un trámite menor para los que supieron conmover a un pueblo. Que algunas personas, inevitablemente, dejan de estar. Pero que hay canciones que jamás van a dejar de sonar.

La muerte de un referente cultural

Desde la psicología, la muerte de un ídolo constituye un fenómeno complejo porque no solo implica la desaparición de una persona admirada, sino también la pérdida de un referente simbólico que ocupaba un lugar significativo en la vida psíquica de muchas personas. Revista U dialogó con la licenciada en Psicología María Soledad Sánchez Pérez M.P 1428 quien explicó: “Aunque el vínculo con ese artista, deportista o figura pública no haya sido recíproco, las emociones que despierta su muerte pueden ser auténticas e intensas. El ser humano construye vínculos no únicamente con las personas de su entorno inmediato, sino también con figuras públicas que acompañan distintos momentos de la vida”.

Analizando el fenómeno que rodeó al último adiós de Solari, Sánchez agregó: “La psicología denomina a este fenómeno ‘relaciones parasociales’: vínculos afectivos unilaterales en los que una persona siente cercanía, familiaridad o identificación con alguien a quien nunca conoció personalmente. Estas relaciones pueden cumplir funciones emocionales importantes, como brindar compañía, inspiración, consuelo, esperanza o un modelo de identificación. Cuando un ídolo fallece, no solo se pierde al artista, sino también que, aquello que representaba para cada individuo entra en movimiento en este momento de pérdida”.

También vinculada al mundo de la música, la profesional manifestó: “Para algunas personas simbolizaba una etapa de la adolescencia; para otras, un modo de entender la vida, determinados valores o incluso el sostén emocional durante momentos difíciles. En este sentido, el impacto psicológico no depende tanto de la figura pública en sí, sino del significado subjetivo que había adquirido”.

“Desde una perspectiva psicoanalítica, los ídolos pueden convertirse en objetos de identificación. Las personas incorporan aspectos de esas figuras a la construcción de su propia identidad: formas de pensar, de vestir, de sentir o incluso ideales de vida. Cuando ese referente desaparece, puede producirse una sensación de vacío porque también se modifica un elemento que contribuía a organizar la propia historia personal. Además, la muerte de un ídolo suele tener un efecto particular: confronta a las personas con la finitud. La desaparición de alguien que parecía formar parte del paisaje permanente de la vida recuerda inevitablemente el paso del tiempo, el envejecimiento y la propia mortalidad. Muchas veces el dolor que emerge no responde exclusivamente a esa pérdida, sino que reactiva otros duelos, recuerdos y experiencias personales que permanecían latentes” agregó.

A modo de conclusión, la licenciada señaló que “la música, el cine, la literatura o el deporte poseen además una enorme capacidad para asociarse con la memoria autobiográfica. Una canción puede transportar instantáneamente a una etapa específica de la vida, una relación amorosa, un viaje o un momento familiar. Por eso, cuando muere el artista que dio origen a esas experiencias, las personas sienten que también se cierra o se moviliza simbólicamente una parte de su propia historia”.

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