
El relato de dos exconscriptos que cuidaron que los ingleses no ingresaran a Tierra del Fuego. El refugio emocional que significó la amistad de unos 14 coterráneos que coincidieron en el Sur. Y el homenaje a “Toñito”, el jachallero que se fue para siempre a los dos meses de regresar de la guerra.
Por Pablo «Zama» Bustamante
Pasaron 44 años de esos días eternos, de soportar el frío húmedo del “fin del mundo”, en Río Grande. Aquellas interminables jornadas en donde la incertidumbre tajeaba las esperanzas peor que el viento helado que tensionaba aún más el ambiente de guerra.
Fue por Malvinas que la amistad derivó después en hermandad para siempre. Un grupo de sanjuaninos que coincidieron en un pedazo grande de la historia Argentina y que todavía se siguen juntando cada viernes, en una “terapia” que los ayuda a exorcizar las noches oscuras que les cambió la adolescencia.
Supieron vivir en las trincheras llamadas pozos de zorros, frente al Atlántico Sur, casi sin comida y con un frío que les atravesaba el alma en el extremo más austral de la patria. Allí terminaron, en su incipiente juventud, con un puñado de armas y una muy leve instrucción.

De San Juan a Buenos Aires, de esa gran urbe a la ventosa Chubut y después directo a la lejana Tierra del Fuego. Del Servicio Militar a la Guerra de Malvinas sin escalas, siendo apenas “hombrecitos” frente al desamparo del campo árido y las permanentes alertas por la proximidad de un fuego pirata sin contemplaciones. Pero sellando entre ellos lazos de fierro.
Toda esa experiencia quedó eternizada en el libro “Toñito”, que homenajea a un “camada” criado en el campo profundo de San Juan, que no soportó la presión de la posguerra y decidió partir para siempre a los dos meses de regresar. El dolor y la vida plasmados en un testimonial sin desperdicio de Juan Antonio Díaz (64). Una pieza de no ficción novelada que tiene como epicentro la historia de un encuentro y esa relación de amistad que trascendió los tiempos.
El Servicio Militar
José “Pepe” Vera (62), compañero de Díaz, tenía 18 años cuando el destino lo llevó hasta el Servicio Militar antes de recalar, sin imaginarlo, en la Guerra de Malvinas. “Se hacían los sorteos por la Lotería Nacional, tomando los últimos tres números del documento. Si te tocaba del 900 al 1000 ibas a la Armada o con un poco menos te tocaba la Fuerza Aérea. Desde el número 500 ibas al Ejército. Nosotros fuimos compañeros porque a todos nos tocó desde el 900”, recuerda.
El veterano de guerra que hoy trabaja en Hidráulica dice que para ingresar a la “colimba” armaban tandas. Los sanjuaninos creyeron que iban a entrar en febrero o marzo de 1981 pero lo hicieron recién el 1 de octubre de ese año.

Como si fuera una premonición, cuando salieron en tren desde la Estación San Martín hacia Buenos Aires los fueron a despedir todos los familiares directos de cada uno. En medio de la multitud “algunos de los muchachos decían ‘¡eh!, ni que fuéramos a la guerra’”. Increíblemente terminaron en una.
Como a ese grupo de sanjuaninos les tocó hacer el servicio en la Armada Argentina tuvieron que ir hasta el CIFIM (Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina), en La Plata. “Ahí te tenían dos meses y después te mandaban a la costa patagónica, a las bases aeronavales que tiene la Armada”.
“La tanda nuestra se repartió entre La Plata, con el Batallón de Infantería de Marina (BIM) 1 y 2, y el 4 se fue a Trelew (Chubut), a la Base Aeronaval Almirante Zar”, cuenta Juan Díaz, que después de la guerra trabajó en la Dirección de Arquitectura de la provincia y como preceptor en la Escuela Rogelio Boero.
En ese gran grupo que viajó a Trelew había unos 34 sanjuaninos, aunque los que construyeron una amistad indisoluble fueron alrededor de 14. Pero con un agregado: Ángel Esteban, que es español (criado en Zaragoza) y tiene también la ciudadanía argentina. “Cuando llegó la época de hacer el servicio militar él podía optar entre España o Argentina. Pero para olvidarse de un problema familiar eligió venir a hacerlo acá. A partir de ahí los sanjuaninos lo adoptamos y él nos adoptó a nosotros. Pasamos todo el servicio juntos”, asegura Juan, quien en aquella época tenía 20 años.
El escritor continúa: “Eso de conformar una especie de familia entre nosotros viene del hecho de que no teníamos a ningún ser querido cerca. Teníamos 1600 kilómetros hasta San Juan y no nos podíamos venir en todo el año que duraba el servicio militar. En aquella época lo único que había eran colectivos y trenes. Había que tomar un colectivo hasta Buenos Aires y desde ahí viajar en tren a San Juan. Se hacían como tres días de ida y tres de vuelta”.
“Era un tema doloroso no poder ver a la familia. Con 18 años, para nosotros el desarraigo fue terrible en un principio. Pero lo soportamos porque nos hermanamos. Éramos una pequeña familia, nos adoptamos entre nosotros y eso mitigaba el dolor”. Para esos adolescentes no era solo dejar su terruño. Era, sobre todo, un viaje hacia lo desconocido, que más tarde mutó a miedo a morir en manos del “enemigo”.

Mientras estuvieron en Chubut, los sanjuaninos aprovecharon los días de descanso para juntarse en la glorieta de la plaza de Trelew (ahora cada vez que van se sacan fotos en el mismo lugar). Aquellas reuniones eran el abrazo que reemplazaba otros refugios emocionales que habían quedado inaccesibles.
Juan dice que “había un crisol de lenguas y tonadas”: estaban los formoseños con el guaraní, los santiagueños con el quichua, los porteños con su acento, los sanjuaninos arrastrando las palabras y Esteban con un español muy puro, con palabras que en Argentina no eran conocidas.
La Tonomac y la guerra
Las ondas electromagnéticas que llegaron desde el exterior a un receptor de bolsillo fueron el detonante de una noticia histórica para los conscriptos sanjuaninos. Esa señal convertida rápidamente en información en una vieja Tonomac delató que Argentina entraba en guerra y esos jóvenes de entre 17 y 20 años quedaban obligados a participar de una pelea armada para defender su patria.
“Nosotros estábamos en plena instrucción. En esa semana nos habían mandado a la Tapera, así le llamábamos a un lugar en el campo en donde dormíamos en carpa. Ahí era indispensable tener al compañero, porque yo tenía la mitad de la carpa para mí y mi compañero la otra mitad, sino dormíamos a la intemperie”, repasa Pepe, quien señala además que en ese lugar practicaban tiro y otros ejercicios, sin tener noción de que después los iban a necesitar para sobrevivir.
“Yo tenía una radio Tonomac, que me había prestado un amigo cuando me fui al servicio. Esa radio fue la que hizo que escucháramos por primera vez la Marcha de Malvinas en el campo. Ahí nos enterábamos de que habían sido tomadas las Islas. Cuando los jefes nos formaron al otro día en la mañana para notificarnos, todo el grupo de sanjuaninos ya lo sabía”, asegura.

“Esa radio no podía estar ahí, todos éramos cómplices de tenerla escondida”. Para José escuchar las noticias por radio era una práctica habitual desde niño. Lo heredó de su madre, que siempre tenía encendido el receptor. Por eso cuando su amigo jachallero Alfredo Páez se la prestó para que lo acompañara en la “colimba” él la aceptó contento. Más tarde, cuando volvió de la guerra, “Fredy” se la pidió y la guardó celosamente porque esa radio ya era parte de la historia del país.
Juan explica que el aparato de esa clásica marca de los ‘80 “tenía la particularidad de que tomaba con onda corta las transmisiones de todos los países limítrofes”. Entonces en el frío sureño los jóvenes escuchaban radios de Uruguay, Chile y hasta la BBC de Londres en español.
“A las cinco de la mañana del 2 de abril ya sabíamos que las tropas e incluso los infantes de Marina habían tomado Puerto Argentino. Pero a nosotros se nos transmitió esa información a las nueve de la mañana”, detalla el escritor. Y describe: “Cuando nos reúnen, y el jefe del batallón nos hace formarnos para decirnos, nosotros nos tuvimos que alistar para ir más al Sur. No sabíamos a qué provincia íbamos, o si viajábamos a Malvinas”.
Iban a la guerra con tan solo tres días de preparación para un combate. Les cambiaron el armamento, les dieron ropa térmica y los subieron a un vuelo de Aerolíneas Argentinas para aterrizar en la vieja base “Hermes Quijada”, de Río Grande.

“Ahí se nos asignó la tarea de custodiar la base aeronaval, por lo que alrededor de la pista conformamos anillos de protección. Nosotros éramos el último anillo, porque había otros batallones más alejados que también cumplían la misma función. O sea que si algún comando inglés quería llegar a la pista tenía que pasar dos anillos de seguridad hasta llegar adonde estábamos nosotros, cerca del Batallón de Infantería 5”, recuerda Juan.
Hace algunos años, para publicar su libro, el hombre necesitó no solo ejercitar su memoria, sino que todos los camadas-hermanos que se juntan a cenar cada semana fueron aportando también lo que el cerebro decidió no censurarles después de aquellas fuertes vivencias bélicas.
Pozos de zorros
“Los pozos de zorros eran prácticamente nuestras viviendas. Los hacíamos nosotros”, apuntan los veteranos. Sus superiores les entregaban “palas cortitas” y mientras cavaban algunas se rompieron, porque “la tierra de la Estepa Patagónica era muy dura”.
“Siempre había esa llovizna finita o la helada que provocaba que en los pozos de zorros se hiciera barro y adentro siempre hubiera humedad”, dice José. Y Juan aclara que “no hubo enfermos, pero sí principios de congelamiento en las orejas, los dedos de las manos y en los pies”. La única solución provisoria que tenían era “saltar, moverse”, porque tener “los pies helados era algo normal” cuando el tiempo pasaba con una lentitud dolorosa y desesperante. “De qué no habremos hablado entre nosotros ahí”, se ríe Pepe.

Ellos no niegan el miedo experimentado en la soledad del campo: “El temor estaba siempre. Como sabíamos, a través de la radio, que Chile colaboraba de alguna manera con la fuerza británica, nosotros conocíamos que algunas incursiones podían entrar por esa frontera (desde Punta Arenas). Río Grande está a escasos 30 kilómetros de la frontera con Chile y prácticamente no hay cordillera en esa zona”.
En el frío lacerante de los pozos de zorros había una “constante alerta” y tres hipótesis de ataque a la base aeronaval Hermes Quijada: por mar (más al Norte hubo una incursión enemiga en donde murieron 17 personas porque un submarino inglés abatió a dos helicópteros), por tierra y por aire.
Para los británicos descubrir ese lugar hubiera sido clave, porque desde ahí partían los aviones Súper Étendard que lanzaban los misiles Exocet. Los Étendard “hundieron gran parte de la flota británica y si había un blanco a batir por los ingleses era esa base que les estaba haciendo tanto daño”.
“Después nos enteramos de que en nuestra zona había una posible incursión por mar y otras incursiones en helicóptero desde Chile”, explica Juan, quien estaba atento junto al BIM 4.
“Estuvimos cerca de entrar en combate –continúa Díaz-. Muchos de nuestros compañeros hasta se ofrecieron para ir a Malvinas, pero un día el comandante nos reunió a todos y nos explicó la razón de porqué estábamos ahí: nosotros no íbamos a ir nunca a Malvinas porque la función que teníamos dentro de la guerra era defender la base militar Hermes Quijada”.

Vera recuerda también que “el viento era un fiel compañero”, que había “una oscuridad total en pleno invierno en Río Grande” y que los conscriptos llegaban hasta “la orilla del mar haciendo guardia, con el ruido de las olas de fondo y buscando con la vista si a lo lejos se veía a alguien”.
“Era prácticamente una pesadilla ese viento. El frío era insoportable. Y tuvimos miedo a la muerte en todo momento. Pero sentíamos más miedo o más dolor por nuestras familias. Nuestros padres y hermanos eran los que iban a sufrir si nos pasaba algo”, rubrica Juan.
“Desde los pozos de zorros veíamos salir los aviones y rezábamos para que Dios los protegiera. Cuando volvían era una alegría. La vida diaria era muy difícil porque el frío allá es frío. En el pueblo no podía haber un foco prendido para que no se vea desde afuera la ciudad. A nosotros nos subían a un camión, en el que íbamos parados porque por el frío no nos podíamos sentar, y en la recorrida si veíamos que había alguna luz prendida le decíamos al vecino que la apague. Teníamos puestos fijos o puestos móviles con temperaturas tan bajas”, repasa José.
El grupo de los viernes
Pasaron muchos años, pero una parte de sus almas sigue en Tierra del Fuego. Juan cuenta que cerca de donde estuvieron apostados los conscriptos “todavía hay una misión salesiana”. Entonces viaja al pasado una vez más y recuerda: “En la noche, cuando en camión recorríamos lo que es ahora la Ruta 3 alguien encendía una lucecita roja y nosotros parábamos. En ese lugar había un internado. Ahí, sacerdotes junto a alumnos de ese instituto preparaban chocolate y medialunas y nos convidaban”. Se turnaban sigilosamente para ingresar y adentro cada uno consumía lo más rápido que podía para darle paso a otro compañero, tratando de que no los descubrieran sus jefes.
“Hay una anécdota muy bonita, porque en aquella época había un seminarista muy jovencito, quizás más joven que nosotros. Y hace unos años nos encontramos con él. Porque cuando fuimos de visita a la misión salesiana vimos que ahora hay un museo con muchas de las cosas que dejamos allá. Pedimos permiso para ingresar. Nos atendió un salesiano de edad avanzada y nos cobró la entrada. Le contamos que nosotros habíamos estado ahí y casi se pone a llorar porque nos dijo que él era el que organizaba a los alumnos para preparar medialunas y chocolate. Después nos devolvió la plata de la entrada y nos dijo ‘a ustedes no les cobro’”. Juan se ríe con el final de la anécdota, quizás tratando de evitar que la emoción lo traslade a los ’80 otra vez.

El grupo de sanjuaninos que juraron su hermandad en la oscuridad helada de Río Grande no se dispersó jamás. “La juntada de los viernes se cumple sí o sí. Por ahí no podemos estar todos, pero si no van unos van los otros y esa reunión sucede sí o sí”, aseguran. Es como si algo de ellos se hubiera quedado entre los pozos de zorros, los fogonazos preventivos y las rondas nocturnas a la intemperie, con el hiriente viento que les golpeaba más que el cuerpo. Aunque ahora lograron cambiarle el foco a los tiempos difíciles que transitaron durante la guerra y rememoran con una sonrisa aquellas “aventuras”. Inclusive, cuando puede viaja Ángel Esteban desde Zaragoza y participa de alguna de esas cenas.
“Surgen temas todo el tiempo. En cada reunión hay temas nuevos. De la guerra ya prácticamente muy poco hablamos, salvo algún recuerdo. Por ahí nos juntamos con los mendocinos con los que estuvimos allá o con los santiagueños”. También aprovechan las redes sociales para estar más cerca de los exconscriptos de otras provincias.
Además, hacen viajes juntos. Ya fueron a Córdoba, La Rioja, Gualeguaychú, Ushuaia y volvieron a Río Grande y Trelew.
“Cada reunión empieza a las diez de la noche y por ahí son las tres de la mañana y seguimos conversando. También tenemos un grupo de WhatsApp que se llama Los Dragos, porque hay varios dragoneantes”, revela Juan. Y José explica la picardía: “Pero son dragoneantes truchos. El dragoneante es el primer cargo de los conscriptos. Entonces ahí uno se hizo el dragoneante una vez y se sumó otro. Un poco más y en cualquier momento nos entregamos tiras entre nosotros. Nos vamos a dar ascensos” (risas).

El hermano Toñito
José Alberto “Toñito” Páez era un joven nacido en la precordillera, en la localidad jachallera de Gualcamayo.
“Una de las pocas veces en las que había salido de Jáchal fue para hacer el servicio militar. Además de ser muy humilde era una persona muy especial, muy servicial. No sabía leer ni escribir y me adoptó como padrino para que le leyera las cartas de la familia y para que él, a su vez, le pudiera escribir cartas a ellos”, relata Díaz.
Después de la guerra volvió a su tierra natal y “decidió terminar con su vida”. “Fue por las secuelas que le dejaron las tensiones y los miedos que había vivido allá. Él no tuvo la contención que sí tuvimos acá, porque nosotros estábamos cerca y podíamos juntarnos a hablar, algo que fue como una terapia grupal”, agrega el hombre.
Y aclara que el libro surgió en homenaje a Páez: “Empezamos a conversar sobre cómo podíamos dejar plasmadas todas las vivencias que teníamos del Sur, para que las nuevas generaciones conocieran lo que era el Servicio Militar y cómo fue la Guerra de Malvinas. Pero sobre todo para hablar de Toñito, que se había ganado nuestros corazones porque realmente era una persona que se hacía querer”.

Para sus amigos de la guerra, el jachallero fue un guía en tierra sureña. Juan lo recuerda con cariño: “Por su trabajo en el campo él conocía de la vida más que nosotros. Tenía experiencias de supervivencia y de haber trabajado de sol a sol. Él nos decía: ‘Yo no sé leer, no sé escribir. ¿Ustedes saben pialar un ternero, curar un caballo o cazar un avestruz?’”. En el libro lo describió como un personaje bueno y sabio, pero también un poco ingenuo.
“Toñito” representa “un pacto de hermandad nacido a la sombra de la guerra por Malvinas”. Pero sobre todo es el crudo y vibrante relato en primera persona de la angustia y sed de justicia que solo sintieron y sienten quienes estuvieron en aquel frente, dispuestos a dejar la vida por su país.
Se sabe que fueron 23 los sanjuaninos que no volvieron de la guerra. Entonces, existir para contarlo, y poder hacerlo en un libro después de recorrer los crueles laberintos por los que tuvieron que atravesar estos veteranos durante décadas, hace que el relato cobre un valor especial.

En cada paso que dieron esos jóvenes de ojos blandos y miradas limpias en aquel viaje al destemplado y abismal sur (que debería haber sido de egresados pero fue un lacerante tuteo con la muerte) esperaban lo peor. Aunque, en una dualidad inquietante, al mismo tiempo se aferraban a la esperanza de que esa oscura tormenta terminara rápido para regresar a sus casas.
Hoy, ya la mayoría abuelos, levantan las copas cada viernes y –conociendo como nadie el verdadero valor de la existencia- brindan por la vida, mientras alguna sonrisa cómplice también se les escapa hacia el diáfano cielo de Gualcamayo.

Fotos: Juan Díaz