
La obra del Indio Solari pareciera no estar inscripta entre los rasgos de la época en que fue y es: la del neoliberalismo, con su individualismo y fragmentación. Ese «no estar» es base sobre la que sonó el rock del país que lo hizo fenómeno popular con identidad nacional.
Edición especial: El País del Indio
Por Fabián Rojas
El escritor Thomas Bernhard (1931-1989) dijo alguna vez: “No quiero contar nada. La realidad, como la verdad, no es un cuento, y la verdad no fue jamás un cuento”. Fue en una conferencia a mediados de los años sesenta en que hablaba invadido de contemporaneidad. Un signo de los tiempos, de vacío quizás, que se avecinaban ya en las últimas décadas del siglo XX.
Unos años antes, en los ’50, empezó a manifestarse el rock en el mundo. En la Argentina, eso comenzó a suceder a mediados de la década siguiente. Ese rock local naciente entonó una lírica llena de historias. Los cuentos y las historias sí existían. Existían, por caso, una balsa para ir a naufragar; el capitán Beto viajando por el espacio; Juan, el noble caballero que no encontraba con quién pelear en el siglo XX; un oso escapando de la crueldad del circo hacia su bosque; el amor de una Diana que divagaba; un amor de primavera que andaba dando vueltas; Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris que iba del balcón de su amada a su casa a escribir versos. Un poco después también existió una “marcha de la bronca” ante la ignominia del Poder aplastando cabezas del pueblo, o un encuentro con el diablo en ese país, el país de Alicia que no estuvo hecho porque sí. Sí que había qué contar.
Llegó el que no tiene tiempo, el diablo más veloz
Pero después llegó el vacío, la época en que se acentuaba el nuevo auge del liberalismo. Llegaron los ochenta. En su libro Rockología” (1994), el periodista Eduardo Berti escribe: “Las letras, nivel donde se refleja del modo más evidente la ideología del rock, fueron marcadas durante los ochenta por el individualismo”. Y con ese apogeo del Yo por sobre todas las cosas, llegó la fragmentación en las letras, eso de las imágenes que desfilan unas tras otras sin conexión entre sí, sin intención narrativa, al estilo de “hay un chico que se escapa, un toro, una señora, un cielo, un capitán”, de la canción “Instantáneas” de Fito Páez. Ello no fue propiedad exclusiva del rock local, se trataba de una tendencia mundial. “La tendencia parece hallar un marco teórico en la muerte de los ‘grandes relatos’ o cosmovisiones”, sostiene el autor de Rockología. Se regaba el terreno para que floreciera la frase “la muerte de las ideologías”.
¿Puede alguien decirme «me voy a comer tu dolor»?
Y por allí estaba el entrerriano Carlos “Indio” Solari, quien ya había empezado su andar artístico resistiendo desde La Plata mientras la dictadura cívico militar había remachado a fuego y desapariciones el neoliberalismo en los ’70. El Indio imprimió a sus canciones casi siempre el diálogo directo, la apelación al receptor (“un último secuestro, no, el de tu estado de ánimo, no; tu aliento vas a proteger en este día y cada día” o también “contra las cuerdas vas a desafinar canciones tristes dueñas del corazón”). Se alejaba de la fragmentación del neoliberalismo y hablaba a las personas . Y con esa función apelativa en un lenguaje punzante también narró realidades, como en ese reclamo “vamos las bandas, rajen del cielo”, luego de haber inquirido al rockero estrella “¿y cuánto valen todas tus enfermeras y tus temblores de moco súper caro?”.
Compuestos de pueblo
En lugar de fragmentación, el Indio habló de política y de “este mundo, esta empresa, este mundo de hoy que te esnifa la cabeza” a los pibes de las barriadas, y confrontó con la bestia pop desde el lado del rock del país. El Indio le habló al barrio, fue como un libro vecinal con oídos y boca para los pibes y pibas desangelados/as. Sólo la muerte pudo detener esa usina generadora de frases que martillan cerebros activada por el Indio.
“’Violencia es mentir’, ‘vivir solo cuesta vida’, ‘cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón’, parecerían ser frases hechas, pero en realidad son parte de canciones que dijeron y dicen mucho más, son partes de ‘himnos’, con los cuales un sector de la sociedad argentina se sintió identificado y se identifica hoy y para siempre. Ello fue así configurando al ídolo popular, mundano, único, inigualable y se fue construyendo lo que hoy es ya leyenda del rock. Las canciones, sus letras y acordes fueron surgiendo, cuando la opresión política y el desencanto corría a multitudes, compuestos de pueblo, hacia búsquedas inciertas de un mundo mejor”, sostiene la socióloga, docente e investigadora de la UNSJ, Graciela de Cara.
Portavoz de “un ser nacional”
El Indio con todo lo que hizo fue erigiéndose “paulatinamente portavoz de un ‘ser nacional’, de un ser humano que aspira mejorar, trascender, alcanzar, desde lo más profundo de su corazón, ‘la eternidad de los laureles que supimos conseguir’ a través de las luchas individuales que son las luchas de todos, y que permiten construir y sostener una identidad contracultural que refuerza todo aquello que la cultura de la globalización y el capitalismo quieren derribar, negar, ocultar”, apunta la investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales.
Fortaleciendo lo colectivo
Hay una legitimidad ganada por el Indio Solari, seguro, a fuerza de remar contra corrientes individualistas y meritócratas. “La propuesta del Indio tendrá siempre ‘legitimidad’ fortaleciendo lo colectivo, la identidad argentina, a través de su convocatoria, de sus misas y sus pogos, a través de aquello que apasiona, que motiva a que la vida merezca ser vivida en comunidad con ‘los otros’, con ‘lo nuestro’, compartiendo códigos y significados urbanos, compartiendo el sentimiento de lo local, frente al inevitable avance de la globalización. El Indio es un fenómeno popular por sus convocatorias masivas, espontaneidad, seguimiento, devoción, creencia y, sobre todo invita a tener ‘los ojos ciegos bien abiertos’”, analiza Graciela De Cara, recurriendo en su última frase a la canción Ji Ji Ji, del disco Oktubre (1986 – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota).
Ropa sucia afuera
En su libro, Berti comenta que el periodista Daniel Curto señaló alguna vez que los estilos vocales del Indio Solari y de Gustavo Ceratti no presentaban “las inflexiones con sedimentos anglófilos de David Lebón o Miguel Mateos”. Y sí, el rock argentino postmalvinas también tuvo esa especie de zoncera argentina en el cantar.
En todo este lío el Indio fue un héroe.
Imagen de portada: Fotografía de imagen incluida en la página 13 del libro «Indio Solari – Memorias – Conversaciones con Marcelo Figueras – Recuerdos que mienten un poco» (2019 – Editorial Sudamericana). La fotografía de la imagen del libro fue mejorada a través de Inteligencia Artificial.