Revista La U

Sin mamá desde los 4 años, criado por sus abuelos e hijo de la educación pública: la historia de ascenso social del Secretario de Obras de la UNSJ

Por Pablo «Zama» Bustamante

Cuando todavía no tenía edad para ir al jardín de infantes perdió a su mamá. Fue criado por sus abuelos, a quienes reconoce como sus padres. Entre el fútbol callejero en el barrio Buenaventura Luna (en Vidart y 5) de Rawson y la escuela pública ya soñaba con ser arquitecto. La Universidad Nacional de San Juan lo ayudó a cumplir su sueño. Y hoy, además, es el Secretario de Obras y Servicios de la UNSJ.

La vida de Fernando Martín Gómez Amarfil inspira. Es uno de los tantos ejemplos de cómo la movilidad social ascendente de las universidades estatales transforma futuros, y salva a muchos de un hondo anonimato.

“Yo vivía con mi vieja cuando era muy pendejo. Ella falleció cuando yo tenía 4 años, se llamaba Silvia Amarfil. Vivíamos en Capital y me fui a Rawson, con mis abuelos maternos (Francisca Moreno, que hoy tiene 82 años, y Osvaldo Amarfil, de 83)”. Con su padre biológico –Rubén Gómez- volvió a tener un vínculo más estrecho después de los 18 años. A través de él tiene cinco hermanos: Juan Pablo (secretario general de la Juventud Universitaria Peronista), Rubén, Melisa, Agostina y Marianela.

El Secretario de Obras –de 36 años-, uno de los más jóvenes en ese rango en la UNSJ (junto con la encargada de Bienestar Universitario, Florencia Ficcardi, y el de Planificación, Evaluación y Coordinación Institucional, Lucas Molina), prefiere no usar el sillón que está al lado de su escritorio. En cambio, recibe a Revista U sentado en la cabecera de la mesa de reuniones, con mate amargo y el cuerpo inclinado hacia adelante. Busca cercanía con su interlocutor. Y en esa repentina informalidad abre más que su memoria. Porque de la bitácora de los recuerdos saca un relato cargado de emocionalidad.

Nieto de bloquista e hijo de radical, él no ingresó a la política por herencia. “Soy peronista por Néstor –Kirchner- y Cristina –Fernández-“, dice. En ocasiones se apoya en los movimientos apurados de las manos para respaldar su relato, en otras hace como que dibuja sobre la mesa. Convida mate y se emociona cuando habla de la familia y de los días en donde creyó que todo se había acabado: una avanzada depresión lo acechaba.

A sus padres-abuelos los trata de usted, pero asegura que es un reflejo naturalizado con las personas de su mayor confianza, a quienes les agradece el camino transitado hasta este presente. Muestra su alma, sin tapujos, desnudando los sentimientos, hablando de los dolores que lo acompañaron en la niñez y la adolescencia.

A mis abuelos les digo ‘mi viejos’ porque ellos ocupan ese lugar de padres y yo les doy también ese espacio, son una parte importante de mi vida. Ellos estaban en los actos escolares, sobre todo mi vieja. Mi viejo laburaba en la Municipalidad de Angaco y se iba desde Rawson todos los días. A veces iba en la renoleta que tenía o podía ir en moto o en bicicleta. Cuando mejoró la cosa pudo comprarse un auto más nuevo y una motito más linda”. Francisca y Osvaldo fueron un bálsamo entre tanta tempestad, el refugio seguro al que Fernando vuelve ahora los fines de semana y también cada vez que juega Boca, porque comparte esa pasión con su papá-abuelo.

Su relación con el fútbol viene desde niño, cuando iba a la escuelita del Atlético Trinidad, y continuó en la adolescencia con su paso por las inferiores de Sportivo Punteto (fundado por su abuelo paterno, que también fue diputado).

Gran parte de su existencia estuvo marcada por un vacío que lo quemaba por dentro, por no tener a su mamá, quien falleció por un cáncer de cuello de útero con apenas 28 años.

“Yo digo que así como tuve que perder a mi vieja la tuve que suplantar con dos personas, que son mi abuela y mi tía Sonia (Amarfil), su hermana más grande. Mi tía se hizo cargo de mí y todavía sigue preocupándose y preguntándome cómo estoy. Siempre me acuerdo de ese proceso en el que me acompañó como figura materna, llevándome a la escuela, al médico o ayudándome en el secundario”, repasa el arquitecto.

Todavía sin entender mucho por qué le había tocado perder a su mamá, Fernando empezó el jardín de infantes en su barrio. Hizo la primaria en la escuela Pedro Eugenio Aramburu y a la secundaria la transitó en la EPET N° 1 Ingeniero Rogelio Boero, porque desde los 10 años ya sabía que iba a ser arquitecto

En la primaria iba a clases en el turno mañana. “Mi abuelo se iba temprano y dejaba la cafetera lista para el desayuno. Mi vieja se levantaba 15 o 20 minutos después, como a las seis y media de la mañana, y yo me empezaba a preparar para ir a la escuela. Era la década del 90. Mi viejo tenía un auto con GNC. Por ahí hacía mucho frío y el gas se congelaba y el auto no arrancaba. Se levantaba mi tío, que vivía ahí, a empujarlo. Pero si seguía sin arrancar mi viejo agarraba la bici y se iba. Le encantaba el ciclismo, así que después contaba que había hecho 40 minutos hasta Angaco. Él creía que estaba en una carrera. Por suerte se lo tomaba con humor. Un viejo muy laburante”, asegura, orgulloso.

Gómez no puede contener la emoción cuando cuenta que la cercanía que mantiene con los trabajadores de la Secretaría de Obras y Servicios deviene de una razón particular. “Reconocer a los trabajadores es reconocer a mi viejo laburando. Los veo y en ellos veo a mi viejo”, dice, y se le quiebra la voz.

En el municipio angaquero Osvaldo fue albañil, personal de mantenimiento del cementerio, recolector de residuos y chofer. “De ahí viene la familiaridad con la Secretaría. El esfuerzo de llevar el pan a la casa, la preocupación constante que también es la realidad de muchos argentinos hoy”, reconoce el profesional.

A su abuela la vuelve a nombrar como “mi vieja” para contar que siempre fue ama de casa y que es quien lo cuidaba tiempo completo.

En ese repaso llega el leitmotiv de su vida: “De mi mamá me acuerdo de su cara, de algunos gestos, de un momento en el que estuvo enferma, celebrándome un cumpleaños. Me acuerdo muy esporádicamente, pero tengo recuerdos. Poder recordar desde mis cuatro años es una ventaja que me dio Dios”. Y la memoria es un ejercicio para mantener vivos, aunque sea en ese almacenamiento tan necesario, a los que ya se fueron.

A su costado derecho hay un cuadro de José de San Martín que él eligió agregar a la oficina. En el fondo aparece otro cuadro que estaba de anteriores gestiones y que le recuerda uno de los grandes desafíos que se trazó en Obras y Servicios: el edificio de la Escuela de Música, “una apuesta muy fuerte”. Su segundo objetivo, ya cumplido, era la remodelación de la sede de la UNSJ en Jáchal. Además logró crear el área de comunicación de la Secretaría.

Mucho más temprano en su vida, y sin saberlo, en el barrio fue aprendiendo sobre lo necesaria que es la justicia social: “Yo siempre fui consciente de que no tenía mucho, pero sí veía que tenía más que algunos. Mi barrio colinda con la villa San Damián, el Lote Hogar 17 y había otro lote hogar pasando la calle 5, que ya es Pocito. Entendí que tenía la posibilidad de ir a la escuela con unas zapatillitas más o menos, un guardapolvito que todos los años me compraban. Y veía que a algunos de los padres de mis compañeritos les costaba, que tenían dificultades. Es importante haberlo vivido y después reconocernos en el barrio como parte de eso cuando uno va creciendo. Somos de un mismo lugar, somos parte de una misma cosa”.

“Yo jugaba a la pelota en la calle. Jugábamos los de la Quiroz y Rivadavia con los de la Neuquén y Gardel. Poníamos piedras como arcos, nos corríamos cuando venían los autos”, pinta ese recuerdo casi como si fuera un párrafo del “Negro” Roberto Fontanarrosa. Es la esencia del riesgo y divertimento de los que vienen de abajo y comparten sus vidas gracias a una pelota de fútbol. El sentido de pertenencia en el barrio y la amistad sin artificios de la niñez.

Terminó la educación primaria siendo escolta de la Bandera Argentina mientras hacía el curso de ingreso a la Escuela Boero. “Yo era consciente de que quería ser arquitecto. Me iba a la casa de mi madrina y veía con ella los programas de remodelación en el televisor. Dibujaba mucho cuando era chico, tenía esa habilidad. Dibujaba hasta comics. Hoy sigo dibujando”. Ahora lo hace para desestresarse pero también para “graficar ideas”. “En general para explicar las cosas las dibujo. Para mí es más cómodo. Uso pizarras, cuadernos”, asegura. 

Fue a la Boero porque sus amigos más grandes le habían dicho que en esa escuela estudiaban “construcciones”. “Ahí reafirmé mi vocación”, dice, y reconoce que la pasión por la arquitectura y la política siempre fueron a la par.

En la primaria y en la secundaria fue delegado de sus compañeros, pero en la escuela técnica no lo dejaron armar el centro de estudiantes. Para él esos “son lugares muy fértiles para la política estudiantil, para aprender a pararse delante de los problemas y tratar de buscarles respuestas”.  

En la EPET N° 1 decidió continuar un año más para recibirse de maestro mayor de obra y en simultáneo cursaba el primer año de Arquitectura. Había hecho el cursillo porque algunos amigos ya se habían inscripto.

“Llegó el último día del ingreso y ahí decían si uno entraba o no. Tomé el 27 hasta mi casa. Mi vieja estaba preparando la comida. Le dije ‘mami, sabe que me han dicho que ya entré a la Universidad’. Estaba de espaldas. Se dio vuelta y me contestó: ‘Yo no tenía dudas de que ibas a entrar’. Siempre confió mucho en mí. Es una persona que hizo la primaria nomás. Me ayudó mucho en esos tiempos, después no me pudo ayudar en la secundaria”, relata mientras su mirada parece viajar otra vez a ese emblemático momento de su vida.

Además de la ayuda de su padre y de sus abuelos, para comprar el material que necesitaba para las maquetas Fernando realizaba dibujos técnicos para un ingeniero civil. También digitalizaba planos. “Eso fue como una puerta que me terminó acompañando hasta el final de mi carrera, teniendo un ingreso para poder estudiar”, recuerda.   

Cuando Gómez egresó de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño (FAUD) se emocionó mucho al abrazar a sus abuelos porque, junto a una prima que es médica, pasó a ser de la primera generación de universitarios en la familia. Sus abuelos y sus tíos (en total eran nueve hermanos y fallecieron tres) no habían alcanzado ese nivel educativo. Tampoco su papá.

Durante mis estudios mis viejos estuvieron muy presentes. Entendían que si había entrega –de trabajos- era un lío la casa y yo pasaba las noches de largo. El que se levantaba me hacía un té. Cuando había finales también entendían que yo estaba en mi pieza estudiando”. El día en que rindió por última vez, sus abuelos hasta tenían preparado un pasacalle.

Para su despedida de la carrera, Fernando eligió su sentido de pertenencia por el departamento sureño. “Me saqué un 9. Mi trabajo final fue una propuesta urbana para Rawson. Tenía que ver con una mirada política. Se llamaba ‘Rawson, camino a una ciudad organizada’. Venía leyendo sobre urbanismo en Latinoamérica. Me pregunté si había una posibilidad de tener justicia social y ciudades justas. El urbanismo feminista me dio la respuesta que yo venía buscando y todo desembocó en la mirada del justiespacio. Refería a que la gente tuviera acceso a todo, todo el tiempo. Me centré mucho en los espacios públicos”. Hoy no esconde su sueño de algún día ser intendente.

Actualmente vive en Rivadavia, al lado del CUIM (Complejo Universitario Islas Malvinas). Pero sigue teniendo domicilio legal en la casa de sus abuelos. “No pienso cambiar el domicilio, solo lo haría si más adelante vivo en una casa en Rawson”, revela.

“Cuando me dieron la nota me emocioné, mis viejos también”, admite sobre su mejor día de 2022, y otra vez se le quiebra la voz y tiene que hacer una pausa. “No la quería mirar a mi vieja durante la exposición porque me iba a costar seguir hablando. Fue lindo, creo que fue el corolario de mucho esfuerzo hecho durante mucho tiempo”, expresa.

Gómez va más allá y valora la onda expansiva que tiene un egreso universitario: “A esto lo digo siempre. Yo arranqué solo, pensando en que iba a ser arquitecto, y después me di cuenta de que eso es un sueño colectivo. Porque los compañeros –que le prestaron un departamento y fueron a ayudarlo con su trabajo final- estuvieron ese día, la familia y los amigos también (el único que no pudo ir fue su padre porque se contagió de coronavirus)”.

Después de que te recibís hay un reconocimiento social. Mi vieja iba a comprar pan y le decían ‘se recibió su hijo, es arquitecto’. Para el vecino es importante, por eso digo que el sueño es colectivo. Para mí la Universidad es un bien familiar y es un bien de todos los sanjuaninos”. A eso lo comprendió mucho más cuando su carrera política empezó a crecer.

Gómez comenzó a militar en la agrupación “Hacer por todos” (HxT) en la Facultad de Arquitectura. En octubre de 2017 decidió fundar junto a sus compañeros la agrupación Ideas y presidió el centro de estudiantes. Después fue coordinador de Asuntos Estudiantiles de la FAUD.

Yo les dije a mis compañeros –de militancia- que ellos me habían devuelto las ganas de vivir. A mis viejos nunca les dije, porque era muy tabú el tema”. En 2015, cuando estaba en la mitad de su carrera, Fernando cayó en una profunda depresión.

“No sé si tenía en la cabeza dejar la facultad, pero estaba muy desganado”. Un tratamiento psicológico y sus amigos lo ayudaron a salir adelante en el momento más difícil.

Él lo recuerda todavía con angustia: “Es una mierda ir manejando la moto y pensar que en la esquina te puede pasar algo y que está todo bien, que no te importe, y creer que te tiene que pasar. Los compañeros me salvaron la vida. Fueron amigos, estuvieron conmigo”.

Algunos años antes había soñado con la Virgen del Valle. Lo recordó en esos momentos de duda que atravesaba y decidió viajar a Catamarca a cumplir la promesa de visitar aquel santuario. “Me fui un fin de semana solo, agarré la mochila y le dije a mi viejo ‘me voy’. Estuve ahí rezando, dibujando. Hice un retiro sin saber que era un retiro. Fue una experiencia muy bonita”, recuerda. Así, la fe también lo ayudó a volver a su eje.

Actualmente asiste al “Movimiento de la palabra de Dios” y cuando era chico fue scout. Una de sus frases de cabecera es la que compartió el Papa Francisco sobre “situar a la persona humana en el centro mismo de la política”.

Cuando Tadeo Berenguer lo llamó para que se hiciera cargo de la Secretaría de Obras y Servicios él se sorprendió, porque pensaba que un cargo así le iba a tocar cuando tuviera casi 50 años. Entonces destaca la confianza del Rector y recuerda que le dijo que “la solución muchas veces se la habían dado los jóvenes”.

Asegura que en esa área actualmente trabajan “entre 90 y 100 personas”, a quienes los sigue viendo como si fueran su abuelo, que madrugó cada día y se esforzó para darle un futuro.

Además de sus anhelos políticos y sociales, Gómez –que actualmente está en pareja- sueña con formar una familia, un refugio como el que tuvo él después de la tragedia que atravesó en su niñez.

Hoy cuenta que la terapia lo ayudó a dejar de reclamarle a su mamá por su ausencia. “Ahí dije ‘yo a mi vieja no la lloro más, porque no la dejo descansar en paz’”, expresa.

Con este presente revela, además, que está seguro de que su madre está orgullosa de él y le agradece por haberlo dejado en buenas manos: las de sus abuelos y su tía, que se preocuparon por hacerle mucho más leve el dolor por aquella pérdida.

Entonces dice: “Cuando me toque ir al cielo a encontrarme con ella compartiremos más. Pero tendrá que esperar bastante, porque hay mucho por hacer acá”. Y, parodiando una canción de Callejeros, rubrica ese mensaje: “Es decirle a mi mamá que cuando termine me mando para allá”.

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